Música y ópera

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Patti Smith, vida de una poeta visionaria y rebelde contada por ella misma

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VALÈNCIA. “No perdí el tiempo, simplemente me acerqué y vi que allí arriba... hay un mar, allí arriba...hay un mar, allí arriba... hay un mar… el mar es la posibilidad”. El mar es la posibilidad, porque el mar es la imaginación. Así lo expresaba Patti Smith en uno de los temas centrales de su debut musical. Land arrancaba con una violación -la de un hombre a manos de varios hombres- y avanzaba durante nueve minutos, un calambre verbal tras otro, mientras protagonista y narradora se fundían en una misma cosa. Land ilustraba como ninguna otra de sus letras la metamorfosis de la niña y adolescente Patricia Lee Smith en Patti Smith. Y ese mar que es la posibilidad convierte la realidad en pasto de la escritura. “Eso es lo que ansía quien escribe […] Un repentino rayo fulgurante que contiene la vibración de un momento concreto”, argumenta Smith en sus memorias, un libro, Pan de ángeles (Lumen), en el que su escritura se adueña de retazos de su vida para transformarla en algo extraordinario.

El rescate de lo vivido la hizo debutar como prosista, y lo hizo por todo lo alto con la celebrada Éramos unos niños, memorias centradas en los años vividos junto a Robert Mapplethorpe, su alma gemela. Aquel libro contaba cómo ambos se ayudaron mutuamente a moldear el artista que cada uno de ellos llevaba en su interior. Pan de ángeles evita reincidir en lo ya narrado y se extiende por el antes y el después de aquellos diez años decisivos que van de 1967 a 1977. Esta vez, la infancia y la realidad familiar tienen una notable presencia, y sirven para explicar de dónde proceden el talento y la ambición de Patti Smith.  La suya fue una familia humilde que tuvo de estar cambiando de casa durante años, trasladándose de ciudad. A pesar de su rectitud, Beverly, se esfuerza por dar a sus hijos todo aquello que sabe que puede hacerlos felices, discos, bicicletas. Es la figura que aparece en un verso de Free Money: “Scoop the pearls from the sea, cash them in and buy all the things you need” (Recoge las perlas, del mar, véndelas y cómprate todo lo que necesites). “¿Qué es el alma? ¿De qué color es?”, anota la madre en el cuaderno de recuerdos infantiles de su hija, poseída por una energía y una curiosidad insaciables.

Patti Smith fue una niña enfermiza que alimentó su mundo interior sin miedo a convertirse en un bicho raro. Más bien fue al contrario, sabía que era un bicho raro y que tenía que plantarle cara al mundo al cual pertenecía. Para un trabajo escolar sobre geografía elige un país desconocido y rebelde, Tíbet, porque le parece raro y perdido. Convierte en talismanes algunos de los objetos que encuentra. Una pila de revistas de moda abandonadas le descubre el poder que puede adquirir una mujer posando antes una cámara, la autoridad que confiere el estilo atrapado en una imagen, algo que resultará vital para definir a su personaje artístico. Y muchos más años después, recibirá una caja con camisas inspiradas en aquella que lucía en la portada de Horses, prendas diseñadas por Ann Demeulemeester, una admiradora con la que terminará colaborando y fraguando una amistad.

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“La música era nuestra salvación, expresaba lo inexpresable”, escribe acerca del momento en que descubre a The Shirelles. “Aunque su obra era en parte impenetrable, me ofreció un nuevo lenguaje poético”, dice de su descubrimiento de Rimbaud. La espiritualidad de Patti Smith hizo del arte algo sagrado. Y se marchó a Nueva York para dar rienda suelta a su ambición. Allí conoce, además de a Mapplethorpe, a compañeros como el dramaturgo y músico Sam Shepard, del que aprende lecciones que le serán útiles para siempre. Escribe, comienza a dar recitales, se convierte en una promesa de la nueva lírica neoyorquina. Hermann Hesse dijo que no somos dueños de nosotros mismos, algo con lo que Smith está de acuerdo, no sin añadir que “sí somos dueños de nuestra obra”. Ella lo fue desde el primer momento. También cuando decidió interpretar sus poemas acompañados de música. En 1975, encontrar músicos de rock que aceptaran a una mujer como líder no era fácil. Ella se salió con la suya y cambió la historia de la música pop.

Pan de ángeles nos cuenta cosas de Patti Smith que nunca antes habían sido contadas. Profundiza en enamoramiento del que sería su marido, Fred Sonic Smith, por el cual dejó su carrera artística en 1980 y con el que tuvo a sus dos hijos. La pérdida es una de las grandes protagonistas de esta historia. La súbita muerte de Fred a finales de 1994. fue el primero de una serie de golpes que han maleado la vida de la protagonista. Poco después, fallecía su hermano Todd, del cual cuenta que vivía debatiéndose entre su lado femenino y masculino, y del cual cuidó siempre. Es enternecedor saber que, al poco de producirse la muerte de Fred, Patti recibió una llamada de un Michael Stipe un tanto ebrio. Nunca han hablado. Pero él se presenta como un admirador de su trabajo –por entonces, REM ya era un grupo de fama mundial- y le propuso pasar con ella la velada de San Valentín para que se sientiera menos sola. Dylan, Springsteen, el productor Jimmy Iovine con el cual había trabajado en Easter, también hacen lo posible por arroparla. Es así como comienza la segunda parte de la carrera de Patti Smith, la que la ha traído hasta aquí, convertida en escritora, símbolo, activista.

“La muerte de nuestros padres reordena nuestro universo, durante un tiempo las cosas pierden el equilibrio y una experimenta una mareante sensación de orfandad”, escribe en el tramo final del libro, a raíz de la muerte de su madre. Y poco antes de llegar al final, sobreviene una revelación muy íntima que da pie a una conclusión que sirve también para explicar cualquier vida: “Todo lo que ocurre antes de que hayamos nacido prepara el escenario de nuestra existencia”. El recuento de lo vivido escrito con la sabiduría que confieren el tiempo y el dominio de la propia escritura. Una posibilidad tan inmensa y poderosa como un mar.

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