Mi abuela lo cubría todo de ganchillo: la tele, la jaula del canario, el botijo… ¡y hasta la tapa del retrete!

Murcia Plaza Cultura

Hay estudios que relacionan el tejer y hacer otras manualidad con diferentes efectos beneficiosos, emocionales y cognitivos.

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MURCIA. ¿No has visto a tu abuela hacer ganchillo? ¿No recuerdas aquella afición a cubrir prácticamente todo lo que había en casa? Ganchillo en la cama, en la mesilla, debajo de los vasos, encima del aparador. La cocina también tenía lo suyo. Y hasta la tapa del retrete podía acabar vestida de domingo.

Si dejabas algo quieto el tiempo suficiente, le salía un tapete.

El televisor llevaba aquella especie de mantilla, con los bordes cayendo por los lados. Uno veía el telediario y daba la impresión de que el presentador estaba asomado al balcón de una procesión. Habíamos conseguido traer el mundo al salón, pero la abuela decidió que el mundo, antes de entrar, tenía que vestirse decentemente.

Aquellas mujeres convertían un ovillo en una colcha sin planos de arquitecto y sin tutoriales. A veces seguían una revista con explicaciones que parecían instrucciones para desmontar un submarino. Otras se enseñaban unas a otras. Y nosotros, que no habríamos sabido hacer ni la primera vuelta, pasábamos por delante sin concederle mayor importancia.

Eran cosas de abuelas.

Qué manera tan cómoda de despreciar algo que no sabemos hacer.

Con los años fuimos quitando los tapetes. Llegaron los muebles despejados, las líneas rectas y ese gusto moderno por las casas donde parece que todavía no se ha instalado nadie. Para quien echase de menos el adorno, quedaba la imitación industrial, incluso de plástico, comprada por cuatro monedas en un bazar.

Se parecía bastante. Sobre todo, si uno no miraba demasiado.

Porque la diferencia no estaba solamente en el dibujo. En aquellas labores había tardes. Había alguien que había elegido el hilo, contado los puntos, deshecho una vuelta y empezado de nuevo. Una colcha podía llevar meses de trabajo. Nosotros la llamábamos «la colcha de la abuela», como si hubiese salido de ella con la misma facilidad que una recomendación de ponerse una chaqueta.

Yo también había terminado por creer que aquella costumbre estaba desapareciendo.

Hasta que el otro día vi a un grupo de mujeres haciendo ganchillo y tejiendo, como si estuvieran en un curso. No sé si era una clase organizada o una reunión de aficionadas. Lo que me sorprendió fue encontrar aquella escena que uno había archivado entre los recuerdos de casa.

Me dieron ganas de detenerme.

Hay algo curioso en ver trabajar unas manos sin prisa. Estamos tan acostumbrados a que los dedos sirvan para deslizar pantallas que encontrarlos haciendo una prenda parece casi una novedad tecnológica.

Estas mujeres empezaban con un hilo y conseguían algo que se podía tocar. Nosotros empezamos mirando un mensaje y, media hora después, no sabemos muy bien qué hemos conseguido.

  • Encuentro de punto y croché en Thader. -

A raíz de aquello me puse a indagar. Resulta que tejer tiene más interés del que algunos le concedíamos. Una encuesta internacional publicada en 2013 en el British Journal of Occupational Therapy, con respuestas de 3.545 personas aficionadas al punto, encontró una relación entre tejer con mayor frecuencia y sentirse tranquilo y feliz. Tejer en grupo también se relacionaba con una mejor percepción del contacto social y de la comunicación con otras personas.

Conviene decirlo bien: eran experiencias contadas por los participantes, no una receta de felicidad garantizada. Pero ayudan a comprender  por qué alguien vuelve al ovillo al terminar un día difícil. 

Contar puntos, seguir un dibujo, descubrir dónde te has equivocado y arreglarlo exige atención. Durante un rato, la cabeza tiene una tarea concreta. El problema inmediato consiste en que aquella vuelta salga como debe. Ya vendrán después los demás.

Y hay una recompensa pequeña, pero visible: algo que antes no existía empieza a crecer entre las manos. En tiempos en los que tantas cosas se resuelven pulsando un botón, terminar algo por uno mismo tiene su mérito. Y su alegría.

También aparece la memoria en esta historia. Investigadores de la Clínica Mayo siguieron durante aproximadamente cuatro años a 1.929 personas de setenta años o más, inicialmente sin deterioro cognitivo. El estudio, publicado en JAMA Neurology en 2017, encontró que realizar determinadas actividades estimulantes, entre ellas las manualidades, se asociaba con un menor riesgo de desarrollar deterioro cognitivo leve.

Aquí hay que evitar que el entusiasmo nos haga perder el punto. El estudio analizaba actividades manuales en general, no exclusivamente el ganchillo. Y una asociación no demuestra una relación de causa y efecto: estos resultados no permiten afirmar que tejer prevenga el alzhéimer, ni que lo cure o detenga. Tampoco deterioro cognitivo leve y alzhéimer son lo mismo.

No sería justo colgarle semejante responsabilidad a una aguja.

Lo razonable es reconocer el valor de una ocupación que permite aprender, concentrarse, crear y, cuando se comparte, relacionarse con otros. Ya es bastante. No hace falta prometer milagros para defender una tarde bien aprovechada.

A mí, además, me interesa esa otra parte: el grupo.

Porque apuntarse a una actividad puede significar tener un sitio al que ir y una razón para arreglarse. Encontrar caras conocidas. Que alguien espere que vuelvas la semana siguiente. Que tu ausencia se note. En una sociedad donde tanta gente vive sola, esas cosas merecen algo más que el nombre de entretenimiento.

Nuestras abuelas no hablaban de bienestar emocional ni de estimulación cognitiva. Hacían sus labores y, cuando podían, se sentaban a la vera de otras mujeres. Allí cabían las preocupaciones de la casa, las noticias de la familia y alguna crítica al vecindario, que tampoco vamos a santificarlas ahora. Se podía sacar un mantel adelante y poner a un cuñado en su sitio sin perder la cuenta de los puntos.

No todo era idílico. Muchas tejían por necesidad, para ahorrar, para vestir a los hijos, añadiendo trabajo a unas jornadas que ya tenían de sobra. Por eso tiene valor recuperarlo hoy como una elección, abierta a cualquiera: mujeres, hombres, jóvenes y mayores. Una afición no debería pedir permiso al calendario ni al sexo de quien la practica.

Me quedé pensando en aquel grupo y en nuestra facilidad para confundir lo antiguo con lo inútil.

A lo mejor hemos ganado mucho quitando cosas de encima de los muebles. Espacio, comodidad, menos trabajo al limpiar. Pero algunas costumbres merecían quedarse un poco más. Sobre todo aquellas que nos daban una excusa para sentarnos juntos.

Estoy seguro de que  mi abuela, de haber conocido los móviles, habrí a terminado haciéndoles una funda. Con su borde bien rematado y un color que no se ensuciara demasiado. Uno habría protestado, naturalmente, hasta el día en que ya no estuviera ella para hacer otra.

Aunque, para ser exactos, conviene aclarar una cosa: de mis dos abuelas, la que hacía ganchillo era un encanto de mujer. La otra, que no tejía, tenía una mala leche impresionante.

No pretendo sacar conclusiones científicas de una muestra de dos abuelas. Pero, por si acaso, a la otra le habría regalado un ovillo.

 

  • Encuentro de punto y croché en Thader. -

Bibliografía científica

  1. Riley, J., Corkhill, B. y Morris, C. (2013). The Benefits of Knitting for Personal and Social Wellbeing in Adulthood: Findings from an International Survey. British Journal of Occupational Therapy, 76(2), 50–57
  2. Krell-Roesch, J., Vemuri, P., Pink, A. y colaboradores (2017). Association Between Mentally Stimulating Activities in Late Life and the Outcome of Incident Mild Cognitive Impairment, With an Analysis of the APOE ε4 Genotype. JAMA Neurology, 74(3), 332–338. 
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