Los Roller: cuando ser "yeyé" era un insulto en Murcia y las chicas lanzaban prendas íntimas al escenario

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MURCIA. Pepe Silvente, el guapo de Los Roller, hacía suspirar a las murcianas y desesperar a sus madres. Cincuenta años después, los sujetadores dejaron paso a las dentaduras postizas, mientras la música del grupo conseguía llegar hasta Japón.

Hubo un tiempo en Murcia en el que llamar "yeyé" a un muchacho podía ser casi tan ofensivo como acusarlo de no tener oficio ni beneficio. Las madres desconfiaban de aquellos jóvenes que llevaban el pelo más largo de lo aconsejable, escuchaban música inglesa y tenían la peligrosa costumbre de tocar guitarras eléctricas.

Un novio yeyé era, para muchas familias respetables, una desgracia que convenía evitar antes de que llegara a mayores.

Y si además era cantante de rock, el asunto adquiría dimensiones de tragedia doméstica.

Pero las hijas tenían otros planes.

Porque mientras sus madres rezaban para que encontraran un novio funcionario, ellas suspiraban por un joven murciano, guapo, descarado y con una voz que hacía temblar algo más que los altavoces.

Se llamaba Pepe Silvente, aunque todos lo conocían como 'Pepito Yeyé'.

Era el vocalista de Los Roller, uno de los conjuntos más destacados del rock murciano de los años sesenta.

Y tenía un problema que muchos hombres habrían deseado padecer: las muchachas lo encontraban irresistible.

En algunas actuaciones, la admiración femenina llegaba al extremo de lanzar prendas íntimas al escenario. Bragas, sujetadores y otras manifestaciones textiles de entusiasmo que, de haber sido descubiertas por las madres, habrían provocado más de un disgusto familiar.

Aquello era la revolución sexual murciana, aunque todavía no se hubiera inventado el nombre.

Pepe, naturalmente, no protestaba.

De Los Quién a Los Roller

  • Los Roller -

La historia había comenzado unos años antes, cuando Pepe Silvente y Fernando González Las Heras, conocido como Nando, empezaron a animar guateques y reuniones juveniles.

En aquella Murcia, un guateque podía ser una auténtica aventura sentimental. Los muchachos acudían con sus mejores camisas, las muchachas con vestidos cuidadosamente elegidos y todos esperaban que sonara alguna canción lenta para acercarse un poco más de lo que las buenas costumbres recomendaban.

Pepe cantaba y Nando tocaba la guitarra.

Con el tiempo, aquel dúo necesitó crecer y aparecieron Los Quién.

El nombre tenía su gracia.

-¿Quién toca esta noche?

-Los Quién.

-Eso te estoy preguntando.

Pero detrás de aquel juego de palabras había unos muchachos que se tomaban la música muy en serio.

Las sucesivas incorporaciones acabaron dando forma a Los Roller, con músicos como Mariano Montoya, Rafael Párraga y Juan García Guzmán, además de Pepe y Nando.

Su nombre sonaba moderno, extranjero y suficientemente inglés para unos jóvenes que ensayaban en Murcia, pero tenían la imaginación puesta en Liverpool y Londres.

En aquellos años, pronunciar correctamente el nombre de un grupo británico ya proporcionaba cierto prestigio entre los amigos.

Y si uno era capaz de tocar sus canciones, el prestigio podía convertirse en admiración femenina.

Algo que Pepito Yeyé conocía perfectamente.

Mariano Montoya, el Hank Marvin murciano

  • Los Roller -

Los Roller tocaban con instrumentos modestos y amplificadores que hoy apenas servirían para sonorizar una reunión familiar.

Pero tenían algo que no se podía comprar: entusiasmo, talento y una enorme personalidad musical.

Mientras otros conjuntos reproducían los éxitos comerciales del momento, ellos comenzaron a acercarse al blues, al rhythm and blues y a sonidos más ásperos, influenciados por Cream y The Doors.

Aquí merece una mención especial Mariano Montoya, guitarrista solista de Los Roller y, a mi juicio, todavía hoy uno de los mejores guitarristas que ha dado Murcia.

Siempre me ha gustado considerarlo el Hank Marvin murciano, en referencia al extraordinario guitarrista de The Shadows.

Y no es una comparación gratuita.

Como el legendario músico británico, Mariano posee esa elegancia que distingue a los grandes guitarristas. Sabe acariciar las cuerdas, hacer cantar a una guitarra y conseguir que una melodía diga más que un discurso.

No necesita hacer malabarismos con el instrumento ni correr por el mástil como si estuviera persiguiendo un autobús.

Su guitarra tiene personalidad, precisión y sentimiento.

Han pasado más de cincuenta años desde aquellas primeras actuaciones y Mariano continúa siendo un referente de la guitarra solista murciana.

Porque hay músicos que aprenden a tocar muchas notas y otros que consiguen que unas pocas resulten inolvidables.

Mariano pertenece a los segundos.

Y mientras Pepe Silvente despertaba pasiones entre las muchachas, Mariano hacía algo igualmente importante: conseguir que Los Roller sonaran como un auténtico grupo de rock.

Porque, por muy guapo que sea un cantante, sin buenos músicos detrás no hay milagro que valga.

La noche en que el Teatro Romea se convirtió en el Cavern de Murcia

  • Los Roller -

En 1969, Radio Juventud organizó el concurso musical Superpop, que reunió a numerosos conjuntos de Murcia y de otras provincias.

El premio tenía un atractivo irresistible: la posibilidad de grabar un disco con la compañía Belter, en Barcelona.

Hoy cualquier muchacho puede grabar una canción en su habitación, subirla a internet y escucharla cinco minutos después desde Australia.

En 1969, grabar un disco era casi como recibir una invitación para viajar a la Luna.

Los Roller llegaron a la final, celebrada en el Teatro Romea.

Y ganaron.

Aquella noche, el viejo teatro murciano se convirtió, por unas horas, en nuestro particular Cavern Club de Liverpool.

Los Roller habían conseguido lo que tantos conjuntos soñaban: dejar de ser unos muchachos que tocaban en guateques para convertirse en artistas discográficos.

El viaje a Barcelona fue la recompensa.

Allí grabaron cuatro canciones, entre ellas composiciones propias y versiones de temas internacionales.

Una de las grabaciones más recordadas fue Touch Me, de The Doors, interpretada en español. También registraron Camino cortado, adaptación de Crossroads, popularizada por Cream, y Una chica que no conviene.

El resultado apareció en el álbum colectivo Superpop, editado por Belter en 1969, y en un sencillo propio del grupo.

Por fin tenían un disco.

Negro, redondo, de vinilo y con su nombre impreso.

Para aquellos músicos debía de ser algo parecido a ver su apellido escrito en la fachada de un teatro.

Y para Pepe Silvente suponía algo más: las muchachas ya no suspiraban solamente por un cantante de guateques.

Ahora suspiraban por un artista que había grabado un disco.

Las madres debieron de ponerse todavía más nerviosas.

El enemigo llevaba uniforme

Cuando parecía que la historia comenzaba a ponerse verdaderamente interesante, apareció uno de los grandes enemigos de los conjuntos musicales españoles de aquella generación.

No fue la falta de talento.

Ni siquiera la escasez de dinero.

Fue el servicio militar obligatorio.

La mili tenía la desagradable costumbre de interrumpir las carreras musicales justo cuando empezaban a despegar.

Uno se marchaba a un cuartel, otro recibía la incorporación unos meses después y, cuando querían reunirse, la vida ya había empezado a repartir empleos, obligaciones y responsabilidades.

Los Roller fueron víctimas de aquella circunstancia.

El grupo se deshizo, aunque el paso de los años nunca consiguió borrar del todo las ganas de volver a tocar juntos.

Nando continuó una larga trayectoria profesional por distintos países y escenarios. Pepe Silvente siguió vinculado a la música murciana.

Los demás también tomaron sus respectivos caminos.

El sueño quedó guardado en cuatro canciones y en la memoria de quienes los habían escuchado.

Pero la historia todavía reservaba algunas sorpresas.

Cincuenta años después: de las bragas a las dentaduras postizas

  • Pepito Yeye -

El tiempo tiene una curiosa manera de ajustar cuentas con los ídolos juveniles.

Medio siglo después, Los Roller volvieron a reunirse para recuperar aquellas canciones que habían hecho bailar, gritar y suspirar a toda una generación.

Las guitarras seguían sonando.

Los músicos conservaban la ilusión.

Y Pepe Silvente, nuestro inolvidable Pepito Yeyé, todavía tenía aquella chispa de seductor que tantos disgustos había ocasionado a las madres murcianas.

Pero algo había cambiado entre el público.

Pepe recordaba con nostalgia aquellos años en los que las admiradoras le lanzaban prendas íntimas al escenario.

Y bromeaba sobre la evolución de aquellas muestras de cariño.

Antes le tiraban bragas y sujetadores.

Ahora, según se lamentaba con su habitual sentido del humor, lo que volaba hacia el escenario eran prótesis, dentaduras postizas y otros complementos propios de una generación que había cumplido muchos años, pero que se negaba a perder el entusiasmo.

No sé si alguna vez llegó a volar un audífono, pero conviene advertir a las nuevas generaciones que la tercera edad también tiene sus riesgos para los artistas.

Lo verdaderamente preocupante sería que, en pleno solo de Mariano Montoya, apareciera una dentadura volando desde la quinta fila.

Aunque, bien pensado, tiene su lado positivo: antes las admiradoras se desprendían de la ropa interior; ahora, de piezas mucho más caras.

Y hay otra diferencia.

Las jovencitas de los sesenta tenían que esconderse de sus madres para ir a ver a Pepito Yeyé.

Las de ahora, probablemente, tienen que avisar a sus nietos para que las lleven y las recojan.

Pero cuando suenan las primeras notas, desaparecen los años.

Las mismas muchachas que gritaban entonces vuelven a emocionarse.

Y aquellos músicos que fueron jóvenes cuando España empezaba a descubrir el rock recuperan, durante unas horas, la sensación de que el tiempo no ha pasado.

Porque cumplir años es obligatorio.

Envejecer musicalmente, no.

Cuando Japón descubrió lo que Murcia había olvidado

  • Los Roller -

Casi medio siglo después de aquellas primeras grabaciones, la discográfica Madmua Records decidió rescatar las canciones de Los Roller.

En 2018 apareció una reedición de sus cuatro temas, bajo el título Camino cortado.

No era simplemente una operación comercial. Era una reivindicación de una banda que había pasado demasiado tiempo fuera de los focos.

Y sucedió algo extraordinario.

Las 400 copias de una de aquellas ediciones se agotaron en apenas una semana.

Los discos comenzaron a viajar hacia compradores internacionales, incluidos aficionados de Estados Unidos y Japón.

Japón.

Aquel país lejano que, cuando Pepe y Nando empezaron a cantar en los guateques murcianos, parecía estar al otro lado del universo.

Y allí había gente interesada en escuchar su música.

Cuando Pepe Silvente conoció la noticia, no pudo ocultar su emoción.

Según quedó recogido en la crónica publicada por Pioneros del Rock de Murcia, exclamó:

"¿Nuestro disco se ha vendido en Estados Unidos? ¿Y en Japón? ¡Qué bonito! Resultará que sí que éramos buenos".

Confieso que esas palabras me parecen más emocionantes que cualquier disco de oro.

Porque en ellas hay sorpresa, modestia y una pizca de ironía. La de un hombre que había dejado su juventud entre cables, guitarras y escenarios y que descubría, tantos años después, que su música seguía viva.

No necesitaba una ceremonia, ni una alfombra roja, ni un discurso de agradecimiento.

Le bastaba saber que alguien, en algún rincón de Japón, había puesto un disco de Los Roller en un tocadiscos.

Aquellos yeyés que terminaron teniendo razón

Durante años he dedicado buena parte de mi tiempo a recuperar las historias de aquellos músicos que, con muy pocos medios y enormes dosis de entusiasmo, fueron levantando los cimientos del rock murciano.

Muchos no llegaron a convertirse en estrellas nacionales.

Otros tuvieron que abandonar cuando apenas habían comenzado.

Y algunos continuaron tocando durante décadas, sin más recompensa que la satisfacción de seguir haciendo aquello que amaban.

Los Roller representan precisamente a esa generación.

La de los jóvenes que ensayaban donde podían, transportaban los instrumentos como podían y se presentaban a tocar con la esperanza de que aquella noche funcionara el amplificador y, con un poco de suerte, alguna muchacha se acercara después a felicitarlos.

Hoy sus grabaciones son pequeñas piezas de coleccionista.

Pero su verdadero valor no está en lo que pueda costar un vinilo en el mercado internacional.

Está en lo que representan.

Porque antes de que Murcia tuviera grandes festivales, estudios modernos y músicos reconocidos internacionalmente, hubo unos muchachos que se atrevieron a enchufar sus guitarras y hacer ruido.

Entre ellos estaba Mariano Montoya, nuestro Hank Marvin murciano, capaz de hacer hablar a una guitarra sin necesidad de pronunciar una palabra.

Y también aquel joven guapo al que llamaban Pepito Yeyé.

El mismo que escandalizaba a las madres, enamoraba a las hijas y hacía gritar a las muchachas desde la primera fila.

Con el tiempo, aquellos jóvenes a quienes algunos consideraban unos descarriados terminaron convirtiéndose en respetables padres, abuelos y ciudadanos.

Y sus canciones, que tantas sospechas habían despertado, acabaron viajando hasta Japón.

Quizá las madres de entonces se equivocaban.

No todos los yeyés eran unos perdidos.

Algunos, sencillamente, habían nacido cincuenta años antes de que la sociedad estuviera preparada para comprenderlos.

Y las admiradoras siguen siendo fieles.

Solo ha cambiado lo que lanzan al escenario.

Antes, Pepito Yeyé les quitaba el sueño. Ahora, como se descuide, alguna le quita la dentadura.

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