MURCIA. Hay una especie humana que jamás ha figurado en los tratados de antropología, pese a llevar siglos conviviendo con nosotros. No tiene nacionalidad definida, habita en todas las clases sociales y suele gozar de una excelente reputación.
Me refiero a los robasueños.
No llevan antifaz ni pistola. Tampoco necesitan forzar cerraduras. Ejercen su oficio a plena luz del día, frecuentemente alrededor de una mesa, mientras comparten contigo un café o una cerveza.
Su arma preferida es una frase aparentemente inocente:
-Yo que tú, no me metería en eso.
Y, si advierten que todavía conservas alguna ilusión, rematan:
-Te lo digo por tu bien.
Con semejante declaración de buenas intenciones, cualquiera se atreve a protestar.
Conocí a mis primeros robasueños siendo muy joven. Eran personas respetables, de esas que jamás habían cometido la imprudencia de intentar algo extraordinario. Tenían una existencia perfectamente organizada y una admirable capacidad para encontrar dificultades en cualquier proyecto ajeno.
Cuando comenté que quería aprender a volar, alguno me miró como si hubiera anunciado mi intención de cruzar el Atlántico montado en una escoba.
-¿Volar? ¿Y para qué quieres volar, si ya tienes los pies en el suelo?
Hoy habría respondido que precisamente para eso: para descubrir cómo se contempla el mundo desde otro lugar.
Afortunadamente, no hice demasiado caso.
Aprendí a volar y descubrí que los aviones, a diferencia de los sueños, necesitan combustible. Aunque ambos tienen algo en común: para despegar hay que vencer una resistencia y atreverse a abandonar el suelo.
Pero la vida todavía me reservaba sorpresas.
Aquel muchacho que soñaba con volar jamás habría imaginado que, muchos años después, terminaría componiendo canciones con Ramón Arcusa, uno de los padres del pop español, integrante del legendario Dúo Dinámico.
Ni mucho menos que Al Dual, uno de los grandes guitarristas del rockabilly internacional, galardonado con un Ameripolitan Music Award en Memphis, acabaría realizando los arreglos musicales de mi grupo.
Si alguien me lo hubiera anunciado entonces, habría pensado que estaba tomándome el pelo.
Y, sin embargo, ocurrió.
No cuento estas experiencias para presumir. A estas alturas, los galones me interesan bastante menos que las emociones. Las cuento porque me enseñaron algo: nuestra imaginación suele quedarse corta cuando intenta adivinar hasta dónde puede llevarnos la vida.
Yo soñaba con volar. No sabía que también terminaría haciéndolo entre pentagramas, guitarras y canciones.
El ladrón más peligroso
Con los años descubrí que existen varias clases de robasueños.
Están los profesionales del desastre, que anuncian una catástrofe ante cualquier iniciativa. Los envidiosos discretos, que celebran tus proyectos mientras no lleguen demasiado lejos. Y los cariñosos, quizá los más peligrosos, porque te quieren tanto que preferirían verte inmóvil antes que contemplar la posibilidad de que tropezaras.
Pero existe uno todavía peor.
El que habita en nuestra propia cabeza.
Ese conoce nuestras debilidades y aparece cuando estamos a punto de tomar una decisión importante.
-¿Y si fracasas?
-¿Y si haces el ridículo?
-¿Y si ya eres demasiado viejo?
Este último argumento me resulta particularmente divertido. Parece que, al cumplir determinada edad, uno debería entregar sus ilusiones junto con la documentación de la jubilación.
Como si los sueños tuvieran fecha de caducidad.
Las tres estaciones de un sueño

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Hace poco escuché una conversación sobre desarrollo personal que me hizo reflexionar acerca de algo que llevaba practicando buena parte de mi vida.
Para que un sueño tenga posibilidades de convertirse en realidad, necesita atravesar tres estaciones: visualización, emoción y acción.
La visualizacion consiste en imaginar aquello que deseamos.
Un muchacho que sueña con ser músico puede visualizarse sobre un escenario. Quien desea escribir una novela puede imaginarse sosteniendo su primer libro. Y quien sueña con viajar puede verse llegando a ese lugar tantas veces contemplado en los mapas.
La visualización no hace milagros. No convierte a un desafinado en tenor ni a un aficionado en campeón olímpico. Pero permite señalar el destino antes de emprender el camino.
La segunda estación es la emoción.
Un sueño que no nos emociona difícilmente nos hará abandonar la comodidad del sillón. La emoción es ese cosquilleo que sentimos ante algo verdaderamente deseado. Es la ilusión que nos ayuda a soportar los contratiempos.
Sin emoción, la visualización es una postal bonita.
Y las postales no nos llevan a ninguna parte.
En aquella conversación descubrí también una imagen que me pareció hermosa. Procede de una interpretación contemporánea de la cábala, una antigua tradición de pensamiento: la vasija.
Según esta metáfora, cada persona es como un recipiente que debe prepararse para contener aquello que desea alcanzar.
De poco sirve aspirar a llenar una vasija con diez litros de agua si apenas tiene capacidad para uno.
Antes habrá que hacerla más grande.
Traducido a nuestra vida: no basta con desear algo; debemos prepararnos para conseguirlo. Aprender, mejorar, adquirir conocimientos y desarrollar la fortaleza necesaria para afrontar las dificultades.
Y entonces llegamos a la tercera estación, la fundamental.
La acción.
Aquí es donde descarrilan la mayoría de los sueños.
Conozco personas que llevan veinte años anunciando que escribirán un libro. Han elegido el título, imaginado la portada y decidido a quién dedicarán el primer ejemplar.
Solo les falta un pequeño detalle: escribirlo.
Otros aprenderán inglés cuando tengan tiempo, viajarán cuando las circunstancias sean favorables o declararán su amor cuando encuentren el momento oportuno.
El problema es que ese momento tiene la mala costumbre de no presentarse nunca.
Actuar no exige grandes heroicidades. A veces basta con escribir la primera página, hacer una llamada, matricularse en una escuela o decirle a alguien lo que sentimos.
Naturalmente, podemos fracasar.
¡Faltaría más!
Lo verdaderamente lamentable no es equivocarse, sino llegar al final sin haber descubierto de qué éramos capaces.
Los sueños no se jubilan

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- Foto: IA
He llegado a una edad en la que algunos consideran razonable que me dedique a contemplar el paisaje.
No tengo nada contra los paisajes, especialmente cuando los observo desde un avión o desde la cubierta de un barco.
Pero me resisto a aceptar que los años deban convertirse en una orden de retirada.
Todavía tengo historias que escribir, lugares que visitar y proyectos que quizá no consiga terminar.
Y no me preocupa demasiado.
Prefiero que la vida me sorprenda persiguiendo un sueño que esperando pacientemente a que se me acaben los días.
Eso sí, conviene distinguir entre una ilusión que nos enriquece y una obsesión que puede destruirnos. No todos los sueños se cumplen, ni merece la pena perseguirlos a cualquier precio.
También he aprendido que la felicidad no siempre está en alcanzar la meta. A veces se encuentra precisamente en el camino, mientras aprendemos, nos equivocamos y volvemos a intentarlo.
Y ahora, querido lector, permíteme tres preguntas:
¿Qué sueño abandonaste porque alguien te convenció de que era imposible?
¿Qué intentarías si dejaras de preocuparte por el fracaso o por lo que dirán los demás?
¿Qué pequeño paso podrías dar mañana para acercarte a él?
No necesitas responderme. Basta con que lo pienses y, si todavía te emociona, hagas algo.
Porque visualizar es señalar el horizonte. Emocionarse es encontrar el viento. Pero actuar es desplegar las velas.
Ningún barco ha llegado jamás a puerto porque su capitán se quedara sentado imaginando la travesía.
En cuanto a mí, cuando alguien me recuerda que a mi edad ya no estoy para ciertos sueños, suelo darle la razón.
No estoy para ciertos sueños.
Estoy para cumplirlos.
Que, además de ser bastante más entretenido, es una magnífica manera de fastidiar a los robasueños.