Los remolinos del Campo del Mar Menor... un fenómeno también literario

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MURCIA. Hace unos días, volviendo a Ciudad de Murcia desde La Manga, vi de nuevo un remolino. Es decir, un dedo de tierra izarse en el aire, en pequeño torbellino espiral y cilíndrico, hasta unos diez o doce metros de altura. Hacía mucho que no los veía. Durante cinco años iba y venía desde la costa hasta el Puerto de la Cadena, y, desde mayo a octubre, según los calores, aparecían estos dedos nerviosos de tierra, cuanto más a medio día, mejor. Una vez contemplé uno enorme, acaso sobrepasó los veinte metros en altura. Y, muchas veces, aparecieron varios a mi vista.

Está muy claro su origen, así como su proliferación en tiempos pretéritos -inmediatamente pretéritos-. Y, más modernamente, su casi desaparición. Su causa es el sobrecalentamiento dispar en un área de tierra, lo suficientemente ancha (¿cinco, seis metros?). Asciende el aire en columna, violentamente, y, casi al lado, asciende otra menos violentamente. Se juntan ambas, y el tirabuzón está hecho. Pero, se necesita calor y tierra yerma muy calorífica. ¿Qué pasa, paulatinamente, desde los 80? Pues que el aumento de plantaciones, bien por agua del trasvase, bien, por los miniembalses de suelo plástico, o por los pozos, el Campo del Mar Menor, el terreno entre Pinatar, Puerto de la Cadena y Los Belones, ha ido perdiendo su condición de secarral, y el sol calienta más brócoli, lechugas, alcachofas y girasoles, que la tierra seca, amiga del calor y de la devolución al aire del calor venido del Astro Rey. Se acabaron los remolinos que iban por el Campo del Mar Menor solos.

Un servidor utilizó el fenómeno en su novela La Dama del Mar Menor (2005). Perdida ya la vergüenza por la inmodestia de la autocita, narro el pasaje novelístico: Un predicador anglicano (tipo inspirado en el famoso Don Jorgito), en el Trienio Liberal (1820-1823), decide trasladarse de Murcia hasta Cartagena. Es verano ardoroso. Pasada La Cadena, hace un alto en camino, bajo frondoso olivo. De pronto, a unos metros de él, se forma un remolino de los explicados. Se da la vuelta, y cuando nota que el furioso dedo de tierra, elevado algunas estaturas de hombre, ha derivado lejos de él, torna curioso a ver la tierra donde se formó. Hay una pequeña hondonada. Mira dentro y observa un busto escultórico. Procede a desenterrarlo y saca la cabeza de una mujer. Y, por detrás, inscripciones en un alfabeto extraño. O en dos: uno, sabrá después que es griego. El otro, en los mismos caracteres griegos arcaicos, resulta ser un idioma ibérico. Es la Piedra de Rosetta murciana. Por fin descifrado el lenguaje ibérico. No cuento más, recuerden que es ficción.

Pero, eso, que la agricultura redentora de esta tierra, históricamente yerma, se llevó esa seña de identidad mitad geológica, mitad aérea. Pero, eso sí, cuando en verano se deja algún terreno sin sembrar algún tiempo, pueden aparecer. Doy fe, yo vi uno la semana pasada.

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