MURCIA. Hay generaciones que tienen la suerte de vivir la historia. Y otras, sin saberlo, son las encargadas de escribirla.
A comienzos de los años sesenta, España empezaba a despertar de una larga posguerra. La radio traía sonidos nuevos procedentes de Estados Unidos e Inglaterra. El rock and roll de Elvis Presley, el twist de Chubby Checker y, poco después, la revolución de The Beatles comenzaban a cruzar fronteras. En las ciudades españolas aparecían los primeros conjuntos modernos, formados por jóvenes que cambiaban las orquestas y los pasodobles por guitarras eléctricas, amplificadores y ritmos que invitaban a bailar.
Murcia no permaneció ajena a aquella transformación.
Entre aquellos pioneros se encontraba un muchacho que llevaba años preparándose sin imaginar el destino que le esperaba. Se llamaba Jesús Campillo Bellur y todo comenzó en 1953, cuando apenas tenía diez años.
Su padre era un enamorado de la música clásica, especialmente de la ópera y la zarzuela. Convencido de que la música era una excelente escuela para la vida, le regaló una guitarra y le buscó un profesor. Pronto aquel maestro comprendió que el muchacho tenía talento y aconsejó que estudiara solfeo en el Conservatorio. Aquella formación marcaría la diferencia. Mientras muchos aprendían únicamente de oído, Jesús dominaba el lenguaje musical y podía interpretar una partitura con la misma naturalidad con la que otros leían un libro.
Durante aquellos primeros años alternó la guitarra clásica con pasodobles y música popular. Pero un día ocurrió algo que cambiaría su vida para siempre.
Escuchó por primera vez una guitarra eléctrica.
Aquel sonido tenía una fuerza desconocida, una personalidad distinta, casi desafiante. Poco después descubrió en el escaparate de una tienda del centro de Murcia una guitarra Jomadi, fabricada en Zaragoza. Convenció a su padre para que se la comprara prometiéndole que devolvería cada peseta con el dinero que ganara tocando.
Y cumplió su palabra.
Por entonces formaba parte del grupo de Coros y Danzas Virgen de la Fuensanta. Fue allí donde coincidió con Andrés Marín, pianista del grupo, quien comenzó a reunir a varios jóvenes con una misma inquietud: interpretar aquella música moderna que llegaba del otro lado del Atlántico.
Así nacieron Los Jorister's.
El grupo quedó formado por Andrés Marín, Pepito Menárguez, Joaquín Clares, Jesús Campillo y Cristóbal Pagán, cinco muchachos que compartían mucho más que una afición. Compartían la ilusión de abrir un camino que en Murcia todavía no existía.
Como ocurría con casi todos los conjuntos de aquella época, los medios eran escasos, pero el entusiasmo era inmenso. Ensayaban donde podían hasta que encontraron el lugar perfecto: una cámara vacía del almacén de maduración de plátanos propiedad del padre de Jesús. Aquel espacio, destinado originalmente a conservar fruta, terminó convirtiéndose en uno de los primeros locales de ensayo del pop murciano.
Entre aquellas paredes comenzaron a construir un sonido propio.
Las actuaciones empezaron a multiplicarse y el nombre de Los Jorister's fue ganando prestigio. Uno de aquellos conciertos, celebrado en Cartagena, cambiaría definitivamente su historia. Entre el público se encontraba una persona vinculada al mundo discográfico que quedó impresionada por la calidad del conjunto y les propuso grabar un disco.
El viaje a Madrid supuso un antes y un después.
La compañía Cubalegre pensaba grabar inicialmente un sencillo con cuatro canciones. Sin embargo, una vez en el estudio les planteó un reto mucho mayor: registrar tres EP, un total de doce temas. Afortunadamente, el grupo disponía de repertorio suficiente y respondió con una profesionalidad admirable.
Aquellas grabaciones no estaban destinadas únicamente al mercado español. La compañía apostó por distribuirlas también en Hispanoamérica, donde la música moderna en español comenzaba a vivir un momento de extraordinario crecimiento.
Y ocurrió algo sorprendente.
Las canciones de Los Jorister's encontraron una acogida extraordinaria en Cuba, Centroamérica, Sudamérica e incluso en el sur de los Estados Unidos. Paradójicamente, aquellos cinco jóvenes murcianos alcanzaron una mayor difusión al otro lado del Atlántico que en su propio país.
Sin pretenderlo, acababan de convertirse en embajadores de la música murciana.
Probablemente Los Jorister's fueron el primer grupo de la Región de Murcia en grabar un repertorio de doce canciones con una clara proyección internacional, un logro extraordinario para una época en la que casi todo estaba por inventar y en la que abrirse camino desde una ciudad de provincias parecía una misión imposible.
Hoy, más de sesenta años después, aquellas canciones conservan intacto el valor de los pioneros. Porque antes de que existieran grandes escenarios, festivales multitudinarios o modernas escuelas de música, hubo cinco jóvenes que ensayaban en una cámara de maduración de plátanos soñando con sonar como los grupos que escuchaban en la radio.
Andrés Marín, Pepito Menárguez, Joaquín Clares, Jesús Campillo y Cristóbal Pagán no solo formaron un conjunto musical. Representaron a toda una generación de murcianos que se atrevió a desafiar las costumbres de su tiempo, cambió los pasodobles por el twist y abrió una puerta por la que, años después, entrarían decenas de grupos de nuestra tierra.
Porque la historia del rock murciano no comenzó en los grandes escenarios.
Comenzó cuando cinco amigos decidieron creer que, desde Murcia, también era posible conquistar el mundo con una guitarra, un puñado de canciones y una ilusión infinita.