MURCIA. Vuelve a exponer Miguel García Vivancos (Mazarrón, 1895-1972) en Murcia, la capital de su provincia; que, cuando nació, aún no era Región. Lo hace de la mano de Darío Vigueras, en la Sala Glorieta Uno del Ayuntamiento. Y la frescura de su propuesta naif sigue alegrándonos el espíritu. A todos maravilla que un militar retirado y exiliado acometa el mundo del Arte, y triunfe desde el primer cuadro. Vivancos surge a su nueva vida en la postguerra francesa. Una Francia, ansiosa de paz, libertad y alegría. De todo eso hay en sus cuadros. Vivancos comparte ese deseo común y extendido.
Él es francés, in pectore, desde que, sus comienzos anarco-revolucionarios, lo llevaran a Francia Y Bélgica. Se había iniciado como anarquista, con la justa lucha antipatronal de la inmigración sureña en la Cataluña de la expansión industrial. Al llegar la contienda , se alista y asciende por su valía natural. En la guerra civil comandó tropa, desde altos niveles del empleo militar. Luego fue interno en campo de concentración transpirenaico, y más tarde, guerrillero antinazi, luchando contra el fascismo, como antes lo había hecho en España.
Luego, dicen citas, olvida ese pasado anarquista y miliciano, y se inicia en el arte. Y, aquí viene mi aportación. Vivancos, en París, luego de iniciarse en la artesanía del souvenir parisién (pañuelos pintados) contempla las obras de los “ingenuos” (naifs), seguidores de Rousseau, el Aduanero, el llamado Grupo del Sagrado Corazón. Y se dice…
–¡Andá, si estos dibujos coloreados se parecen, quitando la guerra, a los croquis que yo hacía en el Ebro, y en Teruel, cuando la Guerra de España, para mi estado mayor, y que todos entendieran el plan a seguir…!
Y, dicho y hecho. Envuelve en civilidad la perspectiva, y colorea a modo, como ha visto a los del Sagrado Corazón. Y triunfa. Tiene 52 años. Y Picasso le ayuda. Y sus exposiciones triunfan. En la Murcia de los 90, expuso ya en San Esteban, con el mismo éxito que hoy. Fue cuando lo conocimos en Murcia, gracias a la amistad de Juan Bautista Sanz y el galerista bilbaíno Juan Elúa; así como al oficio de Marcos Salvador Romera.
Las ingenuidades pictóricas de Vivancos comienzan siendo perspectivas, en fuerte concepción de caída del plano, y se pueblan de montes y casas, árboles y gentes. Aunque, hay que advertirlo: la ingenuidad de lo naif es impostada. Los pintores de esta escuela imitan a los niños, pero no son niños. Su ingenuidad no es pura; no puede ser pura. Pero presenta esa impureza de lo elemental que gusta de seguir siendo simple. Y su fuerte implantación –no antiacadémica, sino excluyente del academicismo, de la rigurosidad del dibujo, de la luz, de las líneas y volúmenes ajenas a todo problema de luz– hace de estos cuadros ingenuos (naifs), una lindeza para la vista, y, repito, para el mismo espíritu. Conforme avanza en su carrera estética va incluyendo el tema floral, desde la misma perspectiva, llegando a dominar unos florones gloriosos, sin solución lógica, el primer plano del cuadro. Lo naif se hace convencionalmente bello.
Feliz quien deje bañar su alma con estos cuadros, que son aire fresco para el Arte. Y bálsamo para el espíritu.