MURCIA. Dos Julios, dos Pepes y un Lorenzo. Compraron el primer Farfisa de Murcia sin saber tocarlo, lo estrenaron aquella misma noche y, entre aquellos jóvenes músicos, hubo un futuro piloto transcontinental y hasta un rector universitario.
En la Murcia de los años sesenta ocurrió algo que debió de desconcertar a más de un feligrés. Quienes pasaban junto a la iglesia de Santo Domingo, en pleno corazón de la ciudad, comenzaron a escuchar unos acordes que no parecían proceder precisamente del Espíritu Santo.
No era el Ave María, ni el Salve Regina, ni siquiera algún ensayo del coro parroquial.
¡Era La casa del sol naciente, de The Animals!
Uno puede imaginar a más de una devota santiguándose ante semejante novedad. Porque una cosa era que las campanas de Santo Domingo llamaran a misa y otra muy distinta que desde sus alturas se anunciara la llegada del rock.
Pero el misterio tenía una explicación bastante terrenal.
Unos muchachos murcianos habían descubierto que aquella iglesia guardaba un instrumento que deseaban conocer: el órgano.
Y como todavía no disponían de uno propio, encontraron una solución tan ingeniosa como poco ortodoxa: colarse en Santo Domingo haciéndose pasar por monaguillos.
No buscaban aprender cantos gregorianos. Querían familiarizarse con las teclas y descubrir aquellos sonidos que estaban revolucionando la música.
Así, entre bancos de madera, sotanas y olor a incienso, comenzó una de las historias más pintorescas del rock murciano.
Quién iba a decirle al párroco que, sin saberlo, estaba contribuyendo a la formación de unos futuros pioneros de nuestra música moderna.
Y todo ello sin cobrarles matrícula.
Dos Julios, dos Pepes y un Lorenzo
Antes de llamarse Los Capicúas, aquellos jóvenes habían adoptado el nombre de Los Blue Mask.
En los años sesenta, ponerse un nombre inglés era una buena manera de parecer internacional, aunque uno no hubiera salido nunca de Murcia.
Pero la verdadera inspiración terminó llegando de algo mucho más cercano: sus propios nombres.
El conjunto estaba formado inicialmente por cinco muchachos: dos Julios, dos Pepes y un Lorenzo.
Y de aquella curiosa coincidencia nació el nombre de Los Capicúas.
Entre sus componentes estaban Pepe Rubio, los hermanos Lorenzo y Julio Morote y Julio Álvarez.
El nuevo nombre tenía una ventaja considerable: era fácil de recordar y nadie necesitaba saber inglés para pronunciarlo.
Porque en aquella época, para formar un conjunto había que conseguir instrumentos, aprender canciones y encontrar dónde actuar.
Pero para ponerle nombre, a veces bastaba con pasar lista.
El músico que cambió el rock por el Rectorado
En los primeros tiempos del conjunto también estuvo Juan José Roca Guillamón, un joven que acabaría tomando un camino bastante diferente al de sus compañeros.
Afortunadamente para la Universidad de Murcia, decidió abandonar la aventura musical.
Y digo afortunadamente porque aquel muchacho terminaría convirtiéndose, años después, nada menos que en rector de la Universidad de Murcia, cargo que desempeñó entre 1990 y 1994.
Quién se lo iba a decir.
De haber continuado con Los Capicúas, quizá habría terminado firmando autógrafos después de los conciertos. En cambio, acabó firmando títulos universitarios y documentos académicos.
No sabemos qué perdió el rock con su marcha, pero sí sabemos lo que ganó la Universidad.
Y, visto lo visto, aquella decisión debió de ser acertada.
Porque una cosa es dirigir un conjunto musical y otra muy distinta dirigir una universidad.
Aunque, pensándolo bien, en ambos casos hay que conseguir que todo el mundo toque la misma partitura.
El Farfisa que llegó de Valencia y debutó aquella misma noche
Una de las mejores anécdotas de Los Capicúas tiene como protagonista a Lorenzo Morote, el mayor de los hermanos.
Lorenzo era un auténtico bicho. Inquieto, decidido y con esa clase de atrevimiento que solamente se tiene cuando todavía no se ha aprendido a temer las consecuencias.
En cierta ocasión, el conjunto decidió que necesitaba un órgano eléctrico.
Y no uno cualquiera.
Querían un Farfisa, aquella marca italiana cuyos instrumentos comenzaban a revolucionar el sonido de los conjuntos modernos.
Según recordaban sus protagonistas, sería el primer órgano eléctrico Farfisa que llegaría a Murcia.
Existía, sin embargo, un pequeño inconveniente.
¡Ninguno sabía tocarlo!
Pero aquellos jóvenes no permitían que detalles semejantes estropearan sus proyectos.
Primero comprarían el instrumento. Aprender a manejarlo sería cuestión de tiempo.
Así que una mañana Lorenzo emprendió viaje a Valencia con una misión muy concreta: regresar con el deseado Farfisa.
Y aquí viene lo verdaderamente extraordinario.
¡Aquella misma noche lo estrenaron en una actuación!
El órgano había salido de la tienda valenciana por la mañana y, antes de terminar el día, ya estaba participando en un concierto murciano.
Ni semanas de adaptación ni interminables ensayos con el instrumento recién comprado.
El Farfisa llegó, lo enchufaron y a tocar.
Afortunadamente, aquellas incursiones en la iglesia de Santo Domingo les habían permitido familiarizarse con las teclas de un órgano, aunque enfrentarse a un instrumento eléctrico debía de ser otra historia.
Pero aquellos muchachos tenían algo que no se compraba en ninguna tienda de música: entusiasmo.
Y eso, en determinadas circunstancias, valía tanto como un buen profesor.
Julio, el músico que todavía llevaba pantalones cortos
El hermano pequeño, Julio Morote, protagonizó otra anécdota que hoy resulta entrañable.
Era tan joven cuando comenzó su aventura musical que todavía llevaba pantalones cortos.
Y claro, una cosa era tener talento para la música y otra presentarse ante el público con el aspecto de un muchacho que acababa de salir del recreo.
Hubo que comprarle pantalones largos.
Aquella adquisición representó, seguramente, uno de los primeros grandes cambios de imagen del rock murciano.
Julio seguía siendo el mismo chiquillo, pero ahora podía subirse al escenario con el aspecto de un músico algo más mayor.
No sabemos si los pantalones mejoraron sus interpretaciones, pero al menos evitaron que algún espectador le preguntara si sus padres sabían que estaba allí.
Porque en aquellos tiempos había jóvenes que aprendían a tocar antes de afeitarse.
Y Julio fue uno de ellos.
La mayoría de edad musical le llegó antes que los pantalones largos.
Pepe Rubio y aquella primera batería
Otro momento importante para el conjunto fue la llegada de la primera batería, la de Pepe Rubio.
Hoy basta con entrar en una tienda de música para encontrar baterías de todas las marcas, tamaños y precios.
Pero en aquellos años conseguir una no era tan sencillo.
Una batería representaba una inversión considerable y, sobre todo, un paso decisivo para que un grupo de amigos comenzara a parecerse a un auténtico conjunto moderno.
Las guitarras aportaban las melodías, las voces interpretaban las canciones y el órgano añadía aquellos sonidos nuevos que tanto fascinaban al público.
Pero alguien tenía que poner orden en semejante entusiasmo.
Y allí estaba Pepe Rubio, detrás de su batería, marcando el ritmo.
Los Capicúas interpretaban canciones como Dos cruces, It's Not Unusual, Yo que no vivo sin ti, Si yo tuviera una escoba o Comprensión.
Un repertorio que hoy constituye casi una fotografía sonora de aquella generación.
Porque hubo un tiempo en que los grupos locales cumplían una misión que ahora parece olvidada: acercar al público las canciones que triunfaban en España y en el extranjero.
No existían Spotify, YouTube ni teléfonos capaces de almacenar miles de canciones.
Había una radio, algún tocadiscos y muchas ganas de escuchar música.
Y cuando Los Capicúas subían al escenario, aquellas melodías dejaban de ser algo lejano para convertirse en una experiencia compartida.
Dos actuaciones y un solo conjunto
Con el tiempo comenzaron a multiplicarse las actuaciones.
Y con ellas apareció un problema que, visto desde la distancia, tiene bastante gracia.
A veces tenían que tocar en dos lugares casi al mismo tiempo.
Lo normal habría sido elegir uno.
Pero aquellos muchachos debieron de pensar que, si había público dispuesto a escucharlos en dos sitios, tampoco era cuestión de llevarle la contraria.
Así que terminaban una actuación y salían corriendo hacia la siguiente.
Había que recoger instrumentos, trasladarse y comenzar otra vez.
No contaban con grandes equipos de producción ni con asistentes que resolvieran los problemas.
Los músicos también eran los encargados de transportar el material y llegar puntualmente a sus compromisos.
Y en determinadas ocasiones tenían que desarrollar una habilidad que no se enseñaba en ningún conservatorio.
Correr.
Correr mucho.
Porque no bastaba con llevar bien el ritmo de las canciones.
También había que llevar el ritmo de las piernas.
Lorenzo: del órgano de Santo Domingo a los vuelos transcontinentales
Pero la vida de Lorenzo Morote todavía reservaba una sorpresa.
Aquel muchacho travieso que se colaba en Santo Domingo para acercarse a un órgano y que había viajado a Valencia para comprar el Farfisa terminaría convirtiéndose en piloto de líneas aéreas transcontinentales.
Quién se lo iba a decir.
El joven que había comenzado explorando teclados musicales acabaría manejando instrumentos de navegación en aviones capaces de cruzar océanos.
Curiosa coincidencia la de aquellas dos vocaciones: la música y la aviación.
Ambas requieren precisión, disciplina y cierta capacidad para mantener la calma cuando las circunstancias se complican.
Aunque, conociendo las aventuras juveniles de Lorenzo, uno sospecha que aquella inquietud nunca desapareció del todo.
Simplemente cambió de escenario.
Primero hizo viajar las canciones.
Después, los pasajeros.
Y aquel muchacho que había comenzado persiguiendo sonidos nuevos por las calles de Murcia terminó contemplando el mundo desde miles de metros de altura.
Hay personas que nacen con alas, aunque de jóvenes todavía no sepan dónde las llevan.
Los pioneros que merecen ser recordados
En febrero de 2023 tuve la oportunidad de recuperar la historia de Los Capicúas en Onda Regional de Murcia, dentro del programa Pioneros del rock de aquí.
La conversación con Pepe Rubio y los hermanos Morote permitió rescatar recuerdos que forman parte del patrimonio musical de nuestra región.
Porque la historia del rock murciano no comenzó solamente con grandes conciertos, discos de éxito o artistas que alcanzaron la fama nacional.
También se escribió en pequeños locales de ensayo, en iglesias donde unos falsos monaguillos intentaban aprender a tocar el órgano, en carreteras recorridas a toda prisa y en escenarios donde muchachos que todavía llevaban pantalones cortos comenzaron a interpretar canciones modernas.
Se escribió con instrumentos difíciles de conseguir, con entusiasmo y con una juventud que tenía más ilusiones que dinero.
Aquellos jóvenes comenzaron tocando canciones y terminaron recorriendo caminos muy diferentes. Unos siguieron vinculados a la música, otro cruzó océanos a los mandos de un avión y uno llegó a dirigir la Universidad de Murcia.
No estuvo nada mal para un conjunto que había empezado ensayando de tapadillo en Santo Domingo.
Los Capicúas pertenecieron a aquella generación que abrió caminos sin saber que estaba haciéndolo.
No necesitaban proclamarse pioneros.
Simplemente querían tocar.
Y quizá por eso merecen ser recordados.
Porque los verdaderos pioneros no son únicamente quienes alcanzaron la fama, sino también quienes hicieron posible que otros pudieran soñar con alcanzarla.
Hoy, cuando vuelvo a imaginar a aquellos muchachos disfrazados de monaguillos, haciendo sonar La casa del sol naciente mientras los feligreses levantaban desconcertados la mirada hacia Santo Domingo, no puedo evitar una sonrisa.
Después de todo, aquellos jóvenes consiguieron algo verdaderamente extraordinario.
En la Murcia de los sesenta, el rock no llamó a las puertas de la iglesia. Entró directamente por el campanario.
(Tony Capel. Pesidente de Pioneros del Rock de Murcia y Grupo Fans Beatles Murcia)