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Las palabras y los mitos de Asimov

Fiordo Editorial publica este curioso trabajo del icónico escritor de ciencia ficción (y de muchos otros temas) que en este caso nos muestra de dónde venimos en lo lingüístico

  • Prometheus, Theodor Rombouts
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VALÈNCIA. Eos, Eoceno, Eohippus: aurora, alba de lo nuevo, caballo del alba. La boreal, de Bóreas, en el norte, y la austral, del sur. Atlas, el que sostiene, la Atlántida y el Atlántico. Fata, el destino —el fatalismo—, Cosmos y Caos —el orden y el desorden—, cosmético —la armonía— y una estación del tranvía de Atenas, Neos Kosmos. Constelación significa con las estrellas, mystes es boca cerrada y de ahí misterio, hermético por Hermes y jovial por Júpiter. Musas: música, museo. Un buen nombre de sería Urania, más comúnmente Rania, por Ouranos —el cielo—. El dios sátiro Pan es el origen del pánico y de nuestra imagen del diablo, Quirón es el centauro arquero al que llamamos Sagitario, nautilus es marinero y Leo es por el león de Nemea. Las columnas de Hércules en Marruecos se deben al héroe que separó el estrecho de Gibraltar. Podríamos seguir así, explicando significados de las palabras que empleamos a diario, durante más tiempo del que disponemos, porque somos herederos culturales de la inmensa riqueza griega y latina, de sus ideas y de las leyendas con las que explicaron su mundo y con las que posteriormente ilustraron sus advertencias.

  • Las palabras y los mitos, de Isaac Asimov (Fiordo Editorial, 2025)

No hay forma —ni intención— de evitarlo: los días de la semana, los meses, los nombres de los planetas, de animales, los elementos de la tabla periódica: martes, marzo, Marte… las referencias a divinidades, titanes, monstruos, héroes o territorios legendarios de las que somos conscientes y aquellas de las que no convierten nuestro hablar y escribir (y antes pensar, o por lo menos debería ir antes) en un sorprendente espacio mitológico en el que en todo momento entran y salen de escena historias en su mayoría espeluznantes, porque las lecciones que contenían se ajustaban a las costumbres de la época, cuando desafiar al poder estaba peor visto que ahora, sobre todo si el poder era de origen celestial y olímpico, y los métodos para castigar la afrenta eran tan ingeniosos como expeditivos: desde convertir en araña a una competidora en el arte de tejer, a, tras una lastimosa travesía por el inframundo, permitir recuperar al ser querido solo a condición de vencer la tentación de mirarlo hasta el final, pasando por encadenar a un dios generoso a una roca en pleno Cáucaso para que un águila devorase su hígado (que se regeneraba después) día tras día, llenar de vientos un odre para que una larguísima travesía marítima se eternice de nuevo justo cuando uno pensaba estar llegando ya a casa, y así innumerables penalidades cuya moraleja solía ser que poner en evidencia a quien detenta el poder no suele acabar bien (para ti).

Isaac Asimov, nacido ruso y emigrado a Estados Unidos, es también un mito pero en la tercera acepción del término, la que define a personas o cosas rodeadas de extraordinaria admiración y estima. Considerado uno de los grandes escritores de ciencia ficción hasta la fecha —o uno de los grandes escritores hasta la fecha a secas—, fue también extraordinariamente prolífico escribiendo desde otros registros y sobre otros muchos temas, como la divulgación científica, la historia, lo bíblico, lo autobiográfico, y como en Las palabras y los mitos, que publica Fiordo Editorial con traducción heroica de Francesc Gironella, acerca de precisamente eso: el origen de palabras que se usan en casi todos los idiomas a lo largo y ancho del globo y cuyo origen son los mitos grecolatinos: “Todavía queda otro rastro de Amaltea en el lenguaje. Zeus tomó uno de los cuernos de la cabra y le confirió el poder de estar eternamente repleto de alimentos y bebida. Este es el «cuerno de la abundancia» que también es conocido en su versión latina (la palabra «cornucopia»). Las estrellas más brillantes de Capricornio (ninguna es muy brillante) componen una figura parecida a una cornucopia. Puede que ello fuese lo que proporcionase a los griegos la idea de que representaba a Amaltea. Otra constelación relacionada con Zeus implica a una ninfa, Calisto, que ya he mencionado anteriormente. Cuando vivía convertida en osa, su hijo, Árcade, se la encontró, e ignorando que era su madre, levantó la espada para matarla. Para evitarlo, Zeus también convirtió a Árcade en oso y colocó a ambos en el cielo. Calisto es ahora la constelación de la Ursa Major u «Osa Mayor», mientras que Árcade es la Ursa Minor o la «Osa Menor».

La Estrella Polar o del norte pertenece a la Osa Menor. Los griegos sabían que desplazándose hacia el norte, la Estrella Polar se va levantando cada vez más en el firmamento. Con ella se elevan las dos constelaciones de las osas. «Oso» en griego es arktos, por lo que denominaron las regiones septentrionales artikos. Por ello, al hablar del área que rodea el polo norte, la denominamos «zona ártica» y la reunimos en una línea imaginaria llamada «círculo ártico». Las aguas de esta zona ártica, siempre heladas en su superficie, son, lógicamente, el «océano Ártico». En torno al polo sur tenemos la «zona antártica» delimitada por el «círculo antártico». El prefijo «ant-» significa «opuesto a» y el antártico se encuentra, como es natural, del lado opuesto del ártico”. Cuando se es consciente de la procedencia de las palabras que uno emplea, la realidad cambia de aspecto. Ojalá más libros como este, y de otras culturas e influencias, una colección completa sobre los mundos míticos que capa a capa, superposición a superposición, conforman nuestros lenguajes, nuestras visiones de la realidad, e incluso cómo nos entendemos y explicamos  a nosotros mismos, desde el poso cultural, a través del lógico aprendizaje secular y por oposición. Hera sin ir más lejos no era celosa, sino la desdichada esposa del terrible Zeus, a quien tendría que haber devorado Crono/Saturno.

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