Las leyendas urbanas indestructibles sobre la heroína

Cine

EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV

El documental sobre la heroína de Carla Simón no resiste la tentación de sembrar la duda e introducir los clichés sobre una estrategia estatal para intoxicar a la juventud

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VALÈNCIA. Desde que existe la policía autónoma vasca, se han producido detenciones de ertzainas relacionados con el narcotráfico. En algunos casos, los agentes vascos dirigían redes internacionales. En otras, los policías de Euskal Herria tenían vehículos de alta gama, armas de fuego y kilos de droga. Nunca se ha investigado suficientemente si detrás de estos sucesos no estaba el gobierno vasco, del PNV, en una estrategia para desmovilizar a la juventud vasca. 

Quizá el plan pudiera estar relacionado con otro a mayor escala articulado por el gobierno del PSOE y Podemos, apoyado por Bildu en el Congreso, como quedó de manifiesto con la detención de Óscar Sánchez, nombrado por su gabinete como responsable de la UDEF para delitos económicos y blanqueo de capitales y que ha sido procesado al haber indicios, según el juez instructor, de que colaboraba con una organización narcotraficante. 

Y en los mossos mejor no mirar, a veces hasta se les ha sorprendido vendiendo ellos mismos la mercancía en la calle, como ocurrió en 2017, seguramente para anular a la juventud que pudiera votar algo no deseado a la independencia en el referéndum que se celebró ese mismo año. 

¿Le parece absolutamente ridícula esta forma de teorizar? Pues no deja de aparecer cuando se habla de la heroína y los años ochenta, sobre todo en relación al País Vasco. Me la he encontrado por enésima vez en el documental Memòria de l’heroïna de Carla Simón, emitido en Sense ficció de TV3 y disponible ahora en Movistar+. 

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Simón es una excelente directora de cine. Dos de sus tres películas, Estiu 1993 y Romería son de corte biográfico y tratan indirectamente la historia de sus padres, que fallecieron por un VIH derivado de su adicción. La implicación de la cineasta en el tema es genuina y por eso este documental dirigido por ella tiene un interés especial, sin embargo, se hace duro ver cómo se cae una y otra vez en la pseudohistoria. 

En este documental, Xabier Arana y, posteriormente, una extoxicómana y un terapeuta dan pábulo a la leyenda urbana más famosa en torno a este tema, la posibilidad de una estrategia para neutralizar a la combativa juventud vasca con heroína. El primero, consciente de que la teoría está desacreditada por académicos y escritores de la contracultura, hace una argumentación sinuosa asumiendo que policías pringados en el tráfico de heroína hubo en todas partes, pero prefiere sembrar la duda de que en este caso especial había cosas raras o lo que podríamos entender por impunidad, lo que reforzarían los indicios de la existencia de esa conspiración. Creo que demostrar la causalidad requiere un esfuerzo más digno. 

En el caso de los involucrados en el tema por su propia experiencia, sabemos que es una idea sexy. Machacados por estigmas sociales, presentarse como un daño colateral de la guerra sucia alivia un dolor que sin duda tiene que ser insoportable. También son ya un lugar común los eslóganes que se repiten machaconamente, también aquí, como el de la “generación perdida”. Si el máximo de toxicómanos en España se cifró en 150.000 a principios de los 90 y cada generación tenía más de tres millones de personas, hay que hacerse cargo de la magnitud de lo que se dice. 

No obstante, es una pena que los clichés ensombrezcan un trabajo bienintencionado. Los supervivientes de aquellos años de la heroína hoy rondan los 60 años y su testimonio es muy interesante, incluso conmovedor. Es muy fácil burlarse, mofarse, desacreditarlos, pero salir de la adicción al caballo es una auténtica proeza. La realidad es que mucha gente probó la heroína y no se enganchó, otros tantos entraban y salían según les daba el aire, pero los que cayeron en la adicción desde un punto de vista patológico han tenido que apartar una losa de hormigón para poder seguir viviendo. 

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Lo más revelador es quizá la idea que transmiten casi todos los testimonios de que no sabían nada sobre la heroína, pero sí que habían oído de ella en canciones y demás. Es decir, había un oscuro culto hacia la sustancia en una época en la que a través del uso de sustancias se buscaba cierta liberación. No es algo exclusivo de esos años ni que haya dejado de suceder, pero el impacto cultural de los 60 dejó una huella profunda en la historia. 

En este sentido, he tenido la oportunidad de leer un manuscrito del periodista Alejandro Luque, Roto a la perfección; testigos de la heroína en España 1970-2020, que busca editor, donde ese hechizo inicial queda perfectamente retratado. Uno de los testimonios de Cádiz habla de Baudelaire, el de Madrid de Bukoswki y Castaneda, el de Sevilla cita a Lou Reed y Sid Vicius… Había un prestigio cultural en el misterioso producto. 

Otros testimonios también hablan de un ritual relacionado con la amistad. Un grupo de colegas que se unían más entre ellos al hacer algo que no hacía el común de los mortales, algo peligroso, al límite, que sería su secreto. Hay una frase que me resulta especialmente impactante: “Uno de mis buenos amigos que no entró en el juego, se dio cuenta de mi deriva y me preguntó preocupado: ‘Daniel, ¿qué pasa, qué estáis haciendo?’ Y eso no hacía sino reafirmarme en la idea de que éramos especiales”. 

Finalmente, en el documental de Carla Simón, una mujer habla de que el colocón de heroína le hacía sentir como en el útero materno. Lograba aislarse emocionalmente de todo lo que le rodeaba. Esa es también una de las grandes puertas de entrada a la adicción, la sensación de poner en mute a un entorno conflictivo, agobiante o que sencillamente mete demasiada presión a un adolescente. 

La adicción tiene múltiples capas, desde individuales a familiares y sociales, de patológicas a consecuencia de entornos represivos. El esfuerzo de Memòria de l’heroïna y su autora por tratar de alumbrar esta cuestión es encomiable, pero es una lástima que se cuelen adulteraciones que poco favor le hacen a la causa justa de informar, con toda su complejidad, sobre un fenómeno que tuvo tanto impacto. De mismo modo, hablábamos párrafos atrás de los que han consumido heroína y no han sufrido las consecuencias de la adicción, solo las de la prohibición. Sobre este asunto acaba de lanzarse también Memorias de heroína y desamor, de Eduardo Hidalgo, sobre el que pronto daremos parte. 

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