MURCIA. La primera universalización la hizo Caracalla, en 212, al dar la ciudadanía romana a todo aquel que habitaba en el Imperio. La segunda, Constantino, al abrir las puertas de Roma a los cristianos, en 313. Los cristianos relegarían a la Cultura a toda la Mitología grecorromana; no la destruirían. Costaría casi mil años desbarbarizar a los germanos. Lo hizo el cristianismo. Alejandro sólo conquistó, no helenizó, a los orientales. Colón, Cortés, Sahagún, los franciscanos, Elcano, Vasco Núñez de Balboa, el cartagenero Juan Fernández… prosiguieron aquella labor de universalizar que iniciara Roma. Luego, la universalización se transformó en la definitiva globalización con el Galeón de Manila, que abría la milenaria endogamia china al mundo.
Hoy, somos hijos de ese esfuerzo continuado de la Historia. La humanización de esa globalidad aún está por llegar.
José Antonio Molina, profesor de Historia Antigua, que acaso debiera denominarse Profesor de Universalismo Esencial, o algo así, se siente heredero de esa visión global de la Historia y del Mundo, y vierte toda esa sabiduría narrativa, mitológica, novelesca, teogónica, y cualquier otra perspectiva, de esos mundos, ya universales, en este libro impar, de miscelánea cultural. Y la distribuye en píldoras que él mismo administra en extensión y profundidad. Para Molina, nada humano, en toda la extensión de la Rosa de los Vientos, le es ajeno. Y lo demuestra en su libro La sangre y el tintero (MAR, editor, 2026). Quien no escribe con la tinta mezclada con su propia sangre, no escribe: redacta.
Su pluma se convierte en un demiurgo de guardia, que termina de arreglar todo lo que los demiurgos de número mal-acaban, como funcionarios de oficio y aburrimiento. Molina es un erudito práctico, no pasivo. No es contemplativo. Nos cuenta el suceso, o el pormenor de suceso, y lo reviste de su particular Weltanschauung, forjada en el estudio, los viajes y las lecturas innúmeras de todas las Culturas desde el Quijote (el libro sagrado de todos los hispanos), pasando por todos los correspondientes libros sacros de todas la ubicaciones geográficas, hasta el Tao de la inmensa china. Molina no almacena: interpreta, retuerce, compara, amplia o simplifica; pero nunca ejerce de escaparate del tema o minitema de tal cultura mediterránea, indostánica o sintoísta. Es un erudito que interactúa con su erudición. Si no es para eso… ¿para qué escribir sobre nada? El sarcasmo, la ironía, la admiración, la comparación oportuna… son las armas de su prosa con las que ataca el tema, o minitema, de carácter universal, que dijimos, para servirlo en el plato caliente del lector, que no quiere precocinados o de buffet frío.
La serie fue publicada en el diario La Opinión. Su editor, Ángel Montiel, habla de lo fragmentario, de lo elegidamente fragmentario, de sus textos. Y ahí está gran parte del éxito literario, al margen de lo comercial: Molina dignifica lo fragmentario, le da categoría de necesidad, y lo limpia de contingencia. Molina es un Borges sin el truco de la falsa inocencia literaria, que concede unas alas invisibles de museo, que no sirven para volar. La poesía en prosa de Molina vuela sobre el campo de las mitologías todas, antiguas y modernas, que ya anidan en la Universalidad.