VALÈNCIA. Tras el 15-M y la irrupción de Podemos, la línea del nuevo partido era muy ambiciosa. Quería plantear una confrontación no entre izquierda y derecha, sino entre democracia y dictadura. Para ello, además de inventos varios de politólogo como lo de “los de arriba y los de abajo”, se falsificaba la historia de España. Se decía que en los 70, la recuperación de las libertades en la Transición no fue una conquista, sino una concesión lampedusiana, cambiar todo para que no cambiara nada.
El planteamiento era muy atractivo para la generación que creció en democracia. Desafiaba lo que muchos de ellos habían denominado como “tapón generacional” en un reflejo similar al actual “debate” sobre los boomers y su vida cañón, y al mismo tiempo desconectaba con el legado más importante de la izquierda en España: la democracia misma.
Periodistas, politólogos, académicos, pseudohistoriadores, influencers… muchas personas formadas se apuntaron a la fiesta. Era como un cumpleaños de críos en el que se han marchado los padres. Sin embargo, hubo historiadores que trataron de bajar la inflamación, como Pere Ysas y Carme Molinero con su La Transición, historia y relatos (Siglo XXI, 2018).
En la Transición, obviamente, el monarca y Suárez dieron los pasos más importantes y jugándose el tipo, pero caminaban una senda trazada: las exigencias de la oposición democrática. Que era básicamente la izquierda, y que había demostrado fuerza suficiente para no aceptar lo que sí estaba previsto y planificado, la “democracia española” (sic) de Arias y Fraga, un sistema de libertades muy restringidas, una pseudodemocracia.
Tras ímprobos esfuerzos de periodistas y sindicalistas no adictos a los likes, este planteamiento llegó a personajes del relieve de Nicolás Sartorius, que en los últimos años ha hecho pedagogía y divulgación, casi activismo, en esa línea, que no era solo la de los historiadores profesionales (no el relato histórico de periodistas y políticos) era también lo que habían percibido los españoles a principios de los 80.

Sí, en esa época, la mayoría de la población, y están ahí las encuestas que lo atestiguan, creía que se habían conquistado las libertades gracias a las movilizaciones populares, no por decisión real. Sartorius por lo que se ve ha tenido difusión. La pasada semana, Rita Maestre decía en Al Rojo Vivo: “Franco murió en la cama, pero la democracia se recuperó en la calle”. Un discurso muy diferente al de los años 10 en formaciones de su naturaleza.
Quienes consideramos la Historia una disciplina basada en constatar los hechos y extraer interpretaciones racionales de los mismos, respiramos aliviados. La Transición ya no era “una astracanada”, como decía el antiguo jefe de la política madrileña. Astracanada era el mencionado plan del franquismo para adaptarse a una nueva realidad ampliando sus bases con un sistema político de broma. Una iniciativa que si naufragó un día concreto, fue en los sucesos de Vitoria.
Un documental disponible en Filmin, Vitoria, marzo de 1976, sirve para ilustrar todo lo que ocurrió aquellos días. Las víctimas de aquella actuación policial eran de Extremadura, Burgos, Salamanca… Así empieza la película, de Luis E. Herrero, con imágenes de la profunda transformación que estaba experimentando Vitoria con la industrialización y la masiva llegada de emigrantes.
Aquí conviene citar la parte de la que menos se oye hablar del muy aclamado ensayo La España vacía de Sergio del Molino. En España, se hizo una guerra para impedir la reforma agraria y, en pocos años, la población de los lugares más necesitados de esa ley no tuvo más remedio que marcharse. Un movimiento de población de esas características era normal en Europa en la expansión del capitalismo de posguerra, pero aquí fue una salvajada. El inmovilismo agrario que derivó en el 18 de julio logró un gran éxito: la desertización.
Esa mano de obra asumió rápidamente ideas de izquierda. Con muy buena documentación, el documental explica que el año 76 fue clave, no solo por la reciente muerte del dictador, sino porque era la fecha de la renovación de los convenios en el sistema de negociación colectiva de la dictadura. El fracaso de esta llevó a una oleada de huelgas inédita en España que se convirtieron con facilidad en reivindicaciones democráticas.

Hay un pequeño error en los subtítulos cuando se dice que los trabajadores reclamaban 36 euros de subida salarial, seis mil pesetas, en realidad esa cifra hoy equivale a casi 300 euros. No estaban mendigando. Las huelgas fueron contagiosas, municipio a municipio, y las asambleas obreras se fueron celebrando en las parroquias de los barrios, con los curas de entonces, influenciados por el concilio de Vaticano II, más cerca de su pueblo que de las instituciones de la dictadura.
La respuesta de la policía fue, cada día, de mayor dureza. Llegaron a enfrentarse directamente con los curas y en las calles empezaron a escucharse ráfagas de ametralladora. En la iglesia de San Francisco de Asís, los agentes rodearon todo el perímetro para impedir la entrada y la salida durante una asamblea. Lo que sigue, lo reproduce el documental con los audios de la radio de la policía. El desenlace es conocido.
Lo que no se conoce tanto es el trato de terroristas que se dio a las víctimas. “Grupos clandestinos”, dijo el gobernador civil, pero estaban actuando a la luz del día y en un lugar público. Un ciudadano en una grabación del día después, dice: “Nos hemos pasado 40 años escuchando que se quemaron iglesias en el 36 y ahora las queman ellos”.
En el funeral, la gente llamó “asesinos” y “cobardes” a los policías, les llegaron a escupir. Se gritaba “gloria a los muertos del mundo del trabajo”. Miles de personas marchaban tras los féretros con los brazos levantados y haciendo la señal de la “V” de victoria con los dedos.
Fraga, sin embargo, declaró “Que este triste ejemplo sirva de lección a todo el país”. El corresponsal del Financial Times, Roger Mathews, escribió que las reformas que se estaban llevando a cabo habían “fracasado miserablemente”. Otro ciudadano, del que el documental testimonia un audio, se queja: “Que se entere toda Europa y que echen a todos estos ministros que van proclamando por ahí una democracia falsa”.
Esa era la percepción general. En la Revista Triunfo se escribió esa semana: “El Gobierno tiene una considerable responsabilidad; está declarando dentro y fuera de España que existen unas libertades, que nos estamos equiparando, homologando, a los sistemas democráticos liberales y de otros países europeos (…) Cuando se emite alguna con carácter liberal en su enunciado, como el proyecto de Ley de derecho de reunión y manifestacion, resulta tan restrictiva que no adelanta nada sobre las reglamentaciones anteriores, e incluso puede ser recargada -y parece que va a serlo- en unas Cortes que, procedentes de una situación anterior, son una importante barrera para todas las reformas"
En la última escena, el autor del documental pregunta elocuentemente: “¿Cómo se ha asfaltado la calle que estás pisando?”. También es conocido lo que sucedió dos meses después. Juan Carlos forzó la dimisión de Arias y quedó enterrado el intento de “democracia híbrida” que habían puesto en marcha con su reforma. Ese fracaso dejó a la monarquía en un limbo, totalmente vinculada al franquismo, su única salida fue aceptar las condiciones de la oposición democrática y convocar elecciones libres. Dicen que toda esta gente murió para que no cambiara nada, para cambios cosméticos. No solo es mentira, es una vergüenza.