MURCIA. Hay edificios que conservan su historia en los archivos. Otros parecen preferir guardarla entre sus paredes.
El Teatro Romea pertenece a estos últimos.
La leyenda nos lleva hasta sus orígenes, cuando el teatro fue levantado sobre terrenos que habían pertenecido a los dominicos. Cuenta la tradición que uno de aquellos religiosos, indignado por la pérdida de los terrenos, lanzó una maldición sobre el edificio que allí habría de levantarse.
El teatro ardería tres veces.
En el primer incendio no moriría nadie. En el segundo habría una víctima. Y el tercero sería el definitivo: ocurriría cuando el Romea estuviera completamente lleno.
Hay una innegable superioridad de las leyendas sobre el papel timbrado de los notarios: a las primeras nadie consigue asesinarlas del todo. Especialmente si, como en esta historia, la memoria colectiva se encarga de arrojarles combustible.
El Teatro Romea ardió por primera vez en 1877, exhalando su alma en espirales de humo oscuro.
Volvió a ser pasto de las llamas en 1899.
Dos veces.
Faltaba una.
Ha pasado más de un siglo y cuarto desde entonces y el Romea sigue ahí, soberbio, presidiendo la plaza. Pero en esta ciudad hemos aprendido que es de sabios no jugar a los dados con el destino.
Y es justo ahí donde comienza la historia del palco número 10.
En ese rincón habita una anomalía.
Una silla negra en medio de un océano de terciopelo carmesí.
No es un capricho decorativo. Es una pequeña defensa contra la fatalidad.
La tradición manda que esa silla permanezca siempre vacía, garantizando así que el teatro jamás alcance el lleno absoluto y burlando, función tras función, la última parte de la maldición.
Yo me considero un hombre bastante razonable y poco dado a las supersticiones.
Y, sin embargo, tampoco veo ninguna necesidad de sentarme en ella.
Por si acaso.
Porque una cosa es no creer en maldiciones y otra muy distinta empeñarse en demostrar que no existen.
Y llegaron Los Brincos

- Los Brincos en el Teatro Romea -
La prueba de fuego nunca mejor dicho- llegó hace poco.
Acudí al Romea para filmar la actuación de Los Brincos. Necesitaba un lugar desde el que pudiera manejar bien la cámara, disponer de una buena perspectiva del escenario y grabar sin molestar a nadie.
Y encontré el sitio perfecto.
El palco 10.
Confieso que en aquel momento no estaba pensando en frailes, incendios ni maldiciones.
Estaba pensando en el encuadre.
Quienes alguna vez hemos intentado grabar un concierto sabemos que, cuando aparece el ángulo perfecto, durante unos minutos deja de existir el resto del universo.
Monté el equipo.
Ajusté el foco.
Comprobé la imagen.
Y allí estaba yo, encantado, dispuesto a filmar a Los Brincos desde una de las mejores atalayas posibles del Teatro Romea.
Hasta que reparé en ella.
La silla negra.
La conocía bien.
Años atrás incluso había escrito sobre aquella historia en La maldición del Teatro Romea.
La miré.
Naturalmente, ella no hizo nada.
Las sillas malditas tienen esa ventaja: les basta con quedarse quietas para que sea uno quien empiece a ponerse nervioso.
He pasado buena parte de mi vida intentando mirar las cosas con cierta lógica, aunque también llevo muchos años persiguiendo historias, acordes y recuerdos de nuestra tierra.
Pero una cosa tenía clara.
En aquella silla no me sentaba.
Cubrí todo el recital de pie, moviéndome por el palco y respetando prudentemente aquel asiento negro.
Cuando terminaron los últimos aplausos, recogí mis cosas y salí del teatro.
Respiré tranquilo.
Había burlado a los fantasmas.
O eso creía.
El tributo del palco 10

- La silla negra del Palco 10 del Teatro Romea -
Poco después, al revisar mi equipo, descubrí que me faltaba el trípode.
Había desaparecido.
Y, como si aquello no fuera suficiente tributo para los espíritus del Romea, también perdí el cargador.
Dos objetos.
Dos desapariciones.
Dos incendios lleva también el teatro.
No quiero establecer relaciones de causa y efecto demasiado precipitadas. Pero cuando el azar le entrega a un narrador una coincidencia semejante, desperdiciarla debería estar prohibido.
Así que he llegado a una conclusión provisional: la maldición del Romea se ha modernizado.
En el siglo XIX prefería la grandilocuencia del fuego.
En pleno siglo XXI se conforma con devorar trípodes y cargadores.
Mucho más sostenible.
El Teatro Romea seguirá ahí.
Hermoso. Solemne.
Llenándose cada noche de actores, músicos, espectadores y aplausos.
Y en el palco número 10 seguirá también aquella silla negra.
Vacía.
Esperando.
Tal vez todo sea humo de viejas historias.
Tal vez los incendios fueran simplemente incendios.
Tal vez mi trípode y mi cargador desaparecieran por uno de esos despistes que todos tenemos.
Probablemente.
Pero si alguna vez cruzan ustedes las puertas del Romea y tienen la oportunidad de asomarse al palco 10, fíjense en aquella silla.
Pueden acercarse.
Pueden fotografiarla.
Incluso pueden reírse de la vieja superstición.
Pero, si me permiten un consejo: no se sienten.
Yo no lo hice.
Y aun así me costó un trípode y un cargador.
Prefiero no imaginar la tarifa completa por sentarse.

- Los Brincos en el Teatro Romea -