MURCIA. "Solo espero pasar por esta vida con la paz necesaria para poder seguir trabajando... procurando dar mi modesto caudal de poesía a los hombres", dejó dicho el pintor tinerfeño Cristino de Vera (1931–2025) -Premio Nacional de Artes Plásticas, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y el Premio Canarias de Bellas Artes-, a quien el Museo Ramón Gaya de Murcia le dedica una exposición que podrá visitarse hasta el 13 de septiembre.
Comisariada por Juan Manuel Bonet y Fernando Castro Borrego, la muestra Cristino de Vera. El taller del eremita traslada al museo murciano que dirige Rafael Fuester "uno de los universos más singulares y silenciosos de la pintura española contemporánea", proponiendo un acercamiento a la última obra del artista. Se trata de una época "marcada por una incesante búsqueda de lo esencial, de lo que permanece más allá de lo visible", según señalan desde el Gaya, donde se destaca "la coherencia y la hondura de una obra profundamente personal".
La exposición, la primera celebrada tras el fallecimiento del artista, reúne una selección de pinturas y dibujos procedentes de su estudio madrileño y de la Fundación Cristino de Vera. La muestra no solo sirve para que los murcianos puedan acercarse a la última huella del pensamiento y pintura del artista tinerfeños, sino que establece un puente entre Murcia y La Laguna, "entre dos artistas unidos por la contemplación, la memoria y una misma aspiración: revelar, desde la pintura, el misterio de lo esencial". Y es que, simultáneamente, la Fundación Cristino de Vera-Espacio Cultural CajaCanarias ofrece en la ciudad canaria la exposición temporal Ramón Gaya. La realidad salvada.
Sobre Cristino de Vera apunta la fundación que lleva su nombre que "ha desarrollado una poética muy personal, estrechamente vinculada a los sentimientos más profundos del ser humano: el dolor, la angustia, el sufrimiento, el tiempo, la soledad y la muerte. Conceptos que el artista ha sabido traducir a un universo de excepcional belleza, en el que abundan cráneos, velas, rosas, tazas, vasos, pañuelos, cestitos: símbolos iconográficos que, depositados sobre una mesa, en el alféizar de una ventana o aislados al fondo de una habitación, hablan del sufrimiento, del drama de la existencia o de la fugacidad de la vida. Es en ellos donde se encuentra el elemento diferenciador de su obra, la esencia de su pintura: la luz".
Sobre el pintor

- Cristino de Vera. El taller del eremita, en el Museo Gaya -
- Foto: Fundación CajaCanarias
Formado en la inmediata posguerra, tras abandonar sus estudios de Náutica, Cristino de Vera inició su camino artístico en Tenerife bajo la influencia de Mariano de Cossío, quien lo orientó hacia Madrid y hacia la enseñanza de Vázquez Díaz. En el Museo del Prado encontró referentes decisivos como Zurbarán y El Greco. En sus primeras etapas cultivó el paisaje, con obras que dialogan con las de artistas como Caneja, Ortega Muñoz o Benjamín Palencia. En esos primeros años desarrolló composiciones de sobria intensidad que ya anticipaban su inclinación hacia una pintura esencial y contenida, marcada por una progresiva depuración de elementos.
Sin embargo, y como relata el Museo Gaya, "pronto consolidó un lenguaje propio, reconocible por su extrema sobriedad formal y la insistencia en motivos recurrentes: monjes, crucifixiones, plañideras, niños, o la figura de un Papa muerto, evocación de Juan XXIII. Especial relevancia adquieren sus bodegones ascéticos -cestillos, flores humildes, objetos cotidianos- que, como en Morandi o Luis Fernández, trascienden su condición material para convertirse en símbolos. En su pintura, construida con una pincelada parca y una paleta de ocres, verdes, azules y grises, se despliega un mundo de silencio y quietud, donde, bajo una geometría contenida, late una intensa dimensión espiritual".

- Cristino de Vera. El taller del eremita, en el Museo Gaya -
- Foto: Fundación CajaCanarias
Asimismo, desde la institución murciana destacan que "fiel a una concepción profundamente espiritual de la pintura, Cristino de Vera desarrolló una obra abierta a formas de pensamiento que trascienden la tradición occidental, lo que lo aproxima, en sensibilidad, a artistas como Rothko. Su interés por Oriente -en sintonía también con ciertas afinidades de Ramón Gaya- se tradujo en viajes a Japón, India, Nepal o China, experiencias que enriquecieron su mirada y consolidaron su idea del arte como un camino de conocimiento interior y contemplación.
Así, tras más de setenta años de trayectoria profesional y una obra sólida y coherente, el pintor ocupa un lugar destacado en la historia del arte contemporáneo español. De hecho, además de sus muchos premios, su obra forma parte de algunas de las colecciones de arte más relevantes del país, entre las que se encuentran: el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, el Museo del Monasterio de Silos, el Instituto Valenciano de Arte Moderno, la Fundación César Manrique, el Museo Internacional de Arte Contemporáneo, el Centro Atlántico de Arte Moderno, Tenerife Espacio de las Artes y el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. Asimismo, está representado en la Colección de Arte de CajaCanarias y en la Colección de Arte del Gobierno de Canarias. Esta última, compuesta por 35 óleos y dibujos donados por el pintor en la década de los 90, se encuentra en depósito en la Fundación Cristino de Vera.

- Cristino de Vera. El taller del eremita, en el Museo Gaya -
- Foto: Fundación CajaCanarias