CARTAGENA. No había levante, ni flojo, ni fuerte. No lo hundió la tormenta. Chocó contra el Bajo de Afuera. Un escollo submarino, al oriente de las Islas Hormigas. La mar estaba en calma, eran las cuatro de la tarde. Una tarde larga de agosto. ¿Por qué se acercó tanto el paquebote que de Génova partiera? Iba ya repleto de italianos pobres, con hato en las manos, que buscaban en el suelo argentino, que sonaba a plata y a riqueza, la redención a sus penalidades múltiples de miseria y acaso hambre. Los emigrantes pudientes iban a Nueva York; llevaban maleta.
Hasta la cubierta iba llena de aquellas gentes, mártires marinos. Pero, aún cabían más. Los armadores del Sirio eran insaciables. No cabe otra posibilidad que ésa de la avaricia de los dueños del paquebote. Quizá algunos cuantos españoles aguardarían en la exigua playa de Calafría, al resguardo de miradas indiscretas, bajo el faro de Cabo de Palos, ya tan alto y erguido como ahora. Habría sido “reclutados” por agentes de los armadores del Sirio, por buena parte de España, para viajar hasta el Mar del Plata. Poco había que buscar para encontrar campesinos, si no desesperados, sí hambrientos de una vida mejor, en aquel 1906 de los tullidos que habían regresado derrotados de Cuba, de guerras en África y de pertinaces sequías, climáticas y económicas. Con toda seguridad que las barcas de los pescadores, contratadas por los agentes del armador, fueron las primeras en acudir a rescatar náufragos; desdichados náufragos a escasos cien metros de la costa.
La Justicia actuó contra el capitán Piccone, por aproximarse demasiado a la costa. No había cartas marinas de Cabo de Palos, y los Bajos de Adentro y de Afuera, estaban aún sin señalizar, con fornidos postes provistos de luz en su punta, que adviertieran del peligro de acercarse. Pero, esa Justicia no actuó contra los armadores, verdaderos tiburones del negocio. El juicio acabó en nada, acaso por la omertá de Piccone a los capos del negocio, que ya lo ampararían debidamente. Si no hubiera habido la posibilidad de recoger nuevos “pasajeros”, ¿de qué iba el Sirio a haberse arriesgado tanto cabe la costa?
Este año se han cumplido 120 años de la tragedia. Hoy, entre el Bajo de Afuera y la Hormiga Principal, hay un cementerio marino, que debe ser recordado justamente. Hay una placa, en el istmo del cabo. Pero, hay también una canción de coro, que debiera ser cantada, incluso en el Cante de las Minas, como clausura de cada certamen; aunque no sea música flamenca. Me atrevo a imaginar a los cantaores del concurso uniéndose al coro, italiano o no, pero cantando en italiano la hermosa y emotiva letra. Les adjunto el vídeo de la Canzone del Sirio, puesto que este medio ve su luz en la Red:
Pero que señalar los culpables, no nos haga olvidar a las víctimas. No se puede saber cuántas hubo, debido precisamente a la piratería de los armadores, que no hacían lista de pasajeros, ni se encargaban de atenderlos. Y junto a esta canción, que debiera ser patrimonio de la comarca, el inolvidable poema de María Cegarra sobre el cuerpo de la monja del Sirio, arrojada a las playas de Cabo de Palos, y acaso enterrada bajo alguna edificación del boom inmobiliario turístico.
Oprobio para la memoria de los culpables, y una oración por los ahogados. Amén.