La canción del verano como refugio vital (del verano)

Música y ópera

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VALÈNCIA. Es posible que pienses que el verano ya no es lo que era. No te faltará razón si es así. El verano va inevitablemente unido al descanso, las vacaciones. Pero ahora también tiene que ver con el aguante y la supervivencia. Aguantar a esas hordas de turistas que aparecen junto a tu casa, con cara de estar tan perdidos como lo estás tú cuando viajas a otros países. Sobrevivir a un calor que nos ha cogido por sorpresa y que no nos da tregua. Sobrevivir entrando en lugares donde las máquinas de aire acondicionado trabajan duro para refrescarnos a la vez que contribuyen a que la temperatura exterior aumente. El verano no evita que la gente use sus móviles con el altavoz conectado, al contrario. Estés donde estés --en el transporte público, en la playa, en la terraza de tu casa-- escucharás conversaciones, canciones, vídeos de TikTok, programas de televisión o consejos de algún experto o experta en cualquier materia que nunca pediste escuchar. 

El verano es cada vez más una fantasía de lo que hasta no hace mucho fue el verano. Por eso mismo, las canciones del verano son un buen refugio, un refugio sostenible, además. Siempre fueron una fantasía que sostenía en el tiempo la ilusión de buenos momentos vividos o que era posible vivir. En ellas caben desde las tablas de surf de los Beach Boys a los bailes de los personajes de Grease o los falsos violines de Rasputin. Recuerdo que en mi adolescencia podía dividir el verano musical  en dos posibilidades. Una venía dictada por las canciones que sonaban en la radio y en la televisión, ya fuesen estas Dust In The Wind de Kansas o Changing Of The Guards, de Bob Dylan. La otra era escuchar una y otra vez a Alice Cooper gritando que se acabó la escuela en School’s Out (“No más lápices / no más libros, no más profesores / miradas sucias / fuera de la escuela / fuera hasta el otoño, puede que no regresemos jamás”). Tu canción del verano era la que ambientaba los momentos decisivos. Era ella quien te elegía a ti.

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En el verano de 1981, mi amigo Jorge me trajo de un viaje al extranjero el maxi single de Wordy Rappinghood, el debut de Tom Tom Club. El grupo estaba formado por la sección rítmica de Talking Heads, así que no podía defraudar. No defraudó, aunque lo que hacían no tenía nada que ver con el encanto intelectual del grupo principal.  Wordy Rappinghood potenciaba esa euforia tontorrona, aquellos días lejanos en los que no había que preocuparse ni de los melanomas ni de las invasiones de medusas. Wordy Rappinghood ejemplifica la canción del verano que no es de usar y tirar. No se acaba con la temporada. Te la guardas y la escuchas cuando te apetezca, porque funciona igual de bien incluso si está lloviendo porque es invierno. “Pero si esperas a envejecer / un triste resentimiento arderá algún día /Y entonces esa sensación de verano te perseguirá / y entonces esa sensación de verano te atormentará”. Esto lo compuso e interpretó Jonathan Richman en 1983. Es uno de sus clásicos y se llama, claro está, That Summer Feeling (esa sensación de verano). La música pop tiene un efecto secreto que solamente se manifiesta a medida que vas envejeciendo (es decir, cuando nota que ya no eres joven). Se revela cuando empiezas a descubrir en ella una serie de mensajes cifrados sobre la vida, la vida vista como escenario inabarcable y la vida como el papel que llevas años interpretando en esta serie que nunca sabes cuántas temporadas va a durar. Las canciones no arreglan lo que necesite ser arreglado en el presente, pero ayuda a transitar por él del mismo modo que también ayudó a hacerlo en el pasado. Hubo una época en la que escuchar Light My Fire, de The Doors, Misirlou, de Dick Dale o la metralla percusiva del comienzo de Blue Monday, desataban una llamarada de deseo, de placer, de ensoñación, de aventurarse a alcanzar lo que solamente parecía alcanzable durante los días de verano. La playa, el mar, los trajes de baño, las fiestas en las terrazas, en las discotecas.

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Además de mapa para la revolución personal, la música pop es un abrigo. Contiene todo lo necesario para contribuir a que el verano nunca deje de ser lo que siempre fue, se ponga la realidad como se ponga. Aunque un año más tenga que darme de baja como autónomo porque no tengo trabajo suficiente durante estos meses, y ya no hablemos de dinero para irme a otro sitio (en el caso de que estuviera lo suficientemente loco como para querer pisar un aeropuerto en agosto) o verme en la piscina de un hotel rodeado de gente que cree que el hecho de descansar en otro país le concede permiso para ser prepotente. El verano como estado mental. El verano como una lista de canciones que se escuchan mucho mejor dormitando bajo una sombrilla, mientras la cabeza vuela, huye de la esclavitud de los móviles, y la imaginación trabaja. Y piensas porque la música que escuchas te invita a pensar. 

El verano como postal antigua, como escenario ideal antes de que el mundo dejara de simular que no está completamente loco. Una franja espaciotemporal en la que no importan las redes sociales, lo que importa es volver a Rockaway Beach, de los Ramones, In The Sun de Blondie, Good Vibrations de los Beach Boys, Velouria de los Pixies, Good Times de Chic, Rock Lobster de los B-52's (sin olvidar 52 Girls, también del álbum amarillo, aunque en realidad, ese primer álbum de los B-52's es el verano), Crazy In Love de Beyoncé, Get Lucky de Daft Punk. No es que crea que el pasado fue un tiempo mejor. El pasado nos parece mejor porque ya sabemos el principio y el desenlace de las historias que en él acontecieron. Si lo recordamos significa que hemos llegado hasta aquí. Pero lo que cuenta es el presente. Este presente, este calor, esta incertidumbre, la sensación de que lo que considerábamos importante se va devaluando. Un presente tan difícil siempre de atrapar. Un presente que se vive mejor con la ayuda de una de aquellas viejas canciones del verano.

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