Jorge Ramos: “Es injusto que al pueblo palestino solo se le vea como víctima o como terrorista”

Libros y cómic

CONVERSACIONES CULTURPLAZA
  • El autor, en Biblos, el Líbano.
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. Mañana martes se celebran las elecciones de Israel, que podrían suponer el fin del mandato de Benjamin Natanyahu. Pero el genocidio de Israel sobre Palestina no depende de un proceso electoral; como tampoco empezaron los ataques a los derechos humanos y las invasiones en 2023.

Los marcos desde los que hablar de Palestina muchas veces están envenenados, y por eso es importantes resituar, desde el rigor histórico y desde el periodismo, los intereses de otros ámbitos que establecen realidades paralelas.

El historiador valenciano Jorge Ramos Tolosa ha dedicado su corpus editorial a explicar el origen y las razones de la causa palestina, de manera comprometida, rigurosa y didáctica. El último ejemplo es Palestina en el corazón del mundo. Una breve historia de lucha y solidaridad ante el colonialismo y el genocidio (Tirant Editorial, 2026).

— Una de las funciones de este libro es plantear nuevos marcos desde los que pensar la causa palestina. El primero es recordar que no empezó en 2023. ¿A quién le interesa situar el inicio en octubre de ese año?
— Le interesa, sobre todo, al régimen israelí y a sus aliados gubernamentales y económicos, especialmente, aunque no únicamente, los del Norte global. Pero creo que es una dinámica muy habitual en muchas cuestiones internacionales y problemas sociales: no indagar ni profundizar en las raíces. Hacerlo nos obliga a pensar más, a reflexionar y también a plantear propuestas de acción que vayan a la raíz de los problemas, que sean radicales en el verdadero sentido de la palabra.

Por eso creo que es muy importante insistir en que esto no solo no empezó en 2023, como explico en el libro, sino que tampoco terminó con ese falso alto el fuego de octubre de 2025, del que se cumple ahora un año.

— Si situamos el inicio en el ataque de Hamás de octubre de 2023, casi parece que el genocidio que está teniendo lugar sea un simple acto de respuesta por parte de Israel, y no lo es. Utilizas dos conceptos que importantes: el de genocidio progresivo y el de nakba permanente.
— A veces hablamos de la necesidad de un nuevo diccionario, de renovar el vocabulario con el que abordamos la cuestión palestina. Todavía en estos últimos años de genocidio hemos seguido escuchando que se trata de un conflicto religioso milenario, que se remonta a hace dos mil años.

Creo que es fundamental explicar que esto empezó a finales del siglo XIX, con el inicio de la colonización sionista, y que 1948 fue un año clave. La Nakba comenzó aquel año, pero continúa todavía. De ahí el concepto de Nakba permanente o continua.

El de genocidio progresivo, por ejemplo, es un concepto que ya utilizaba el historiador israelí judío Ilan Pappé para referirse a los grandes bombardeos sobre Gaza del verano de 2014. Por supuesto, ahora se ha extendido a todos los territorios palestinos.

Creo que es importante utilizar estos conceptos, pero también ser muy rigurosos con ellos. Aunque existe un consenso académico muy amplio en torno a que en 1948 se produjo una limpieza étnica —con la excepción, obviamente, de los sectores sionistas—, que constituye un crimen de lesa humanidad, el término genocidio se aplica, desde un punto de vista académico riguroso, sobre todo a partir de octubre de 2023.

Me parece totalmente lógico y legítimo que se hable de genocidio desde 1948, pero intento utilizar los conceptos con precisión. La limpieza étnica puede formar parte de un genocidio, pero no todas las acciones de limpieza étnica constituyen un genocidio.

  • Taybeh, uno de los escenarios del colonialismo de asentamiento. -

— Otros marcos que creo que es buscas desactivar son los de las soluciones que proponen las instituciones y los Estados occidentales. El ejemplo más claro es la solución de los dos Estados, pero también haces un recorrido por los distintos intentos de acuerdo y mediación, tutelados por potencias como Inglaterra, hasta llegar a los acuerdos de Oslo. ¿Por qué crees que esos no suponen una solución real?
— En primer lugar, porque todos comparten un mínimo común denominador que responde a la naturaleza fundamental de esta cuestión: se trata de un problema colonial, concretamente de colonialismo de asentamiento. Esa dinámica ha perseguido al pueblo palestino desde décadas antes de la creación del Estado de Israel y de la Nakba.

Un ejemplo es la famosa Declaración Balfour de 1917. El Gobierno británico envió una declaración a favor de la creación de un hogar nacional judío en Palestina sin escuchar en ningún momento ni contar con la opinión del pueblo palestino. Tampoco se tuvo en cuenta su voluntad veinte años después, con la famosa Comisión Peel, creada en medio de la gran insurrección palestina que retrata la película Palestina 36.

Aquella comisión planteó el primer intento de partición de Palestina, de división del territorio. Es el antecedente de lo que después se conocería como la solución de los dos Estados, una fórmula que ha predominado en el lenguaje político internacional y que sigue presente en muchos ámbitos.

Son soluciones coloniales porque se imponen de manera violenta al pueblo indígena, al pueblo nativo, en este caso el palestino, sin contar con su participación. Se niegan su voz, su capacidad de decidir y su voluntad. Por tanto, son extremadamente injustas.

Además, en el caso concreto de la solución de los dos Estados, quienes hemos estado en Palestina sabemos que es una fórmula absolutamente inviable sobre el terreno. Me sorprende que se siga hablando de ella incluso en las circunstancias actuales. En Sudáfrica también se hablaba de la existencia de dos Estados: por un lado, los Estados de población negra, los llamados bantustanes; por otro, el Estado de la población blanca, bajo el régimen racista del apartheid.

Cambiar el marco colonial también nos permitirá hablar de descolonización y entender mejor las posibles soluciones. En este sentido, tenemos mucho que aprender de Sudáfrica.

— Quería hacerte un par de preguntas de carácter casi historiográfico. ¿Cómo ha evolucionado la mirada académica sobre esta cuestión?
— Habría que ver desde cuándo analizamos esa evolución, pero, a grandes rasgos, el discurso sionista predominó en la historiografía y en los medios de comunicación del Norte global hasta bien entrados los años ochenta y noventa. Durante prácticamente el primer medio siglo posterior a la Nakba, el discurso sionista estuvo totalmente controlado y predominó en el Atlántico Norte.

Sin embargo, existían numerosas fuentes periodísticas, historiográficas, testimoniales, culturales, artísticas y literarias palestinas y árabes que llevaban mucho tiempo ofreciendo otro testimonio. El problema es que no eran escuchadas debido a lo que llamamos la colonialidad del saber o la violencia epistémica. Es decir, la imposibilidad de escuchar a los pueblos indígenas porque no se les considera sujetos, sino objetos. No se les reconoce la capacidad de producir conocimiento. Es algo que estudió muy bien el intelectual palestino Edward Said.

Tuvieron que ser historiadores judíos israelíes, los llamados en su momento nuevos historiadores y conocidos posteriormente como historiadores revisionistas israelíes, quienes empezaran a romper ese discurso sionista en el Norte global, especialmente en el Atlántico Norte. El más conocido es Ilan Pappé. Estos historiadores descubrieron en los propios archivos israelíes que el relato palestino era mucho más verídico y que lo ocurrido se correspondía con lo que había denunciado el pueblo palestino, no con el relato oficial de Israel.

Este proceso empezó a hacerse especialmente visible en los años noventa. Podemos decir que, durante los últimos treinta o treinta y cinco años, se ha producido un cambio muy importante en la academia internacional, que ha empezado a comprender y escuchar mucho más al pueblo palestino. Esto no significa que haya ocurrido en todas partes: en Israel y en muchos lugares de Estados Unidos y del norte de Europa persisten importantes resistencias.

En el Estado español, por ejemplo, hay decenas de académicos que se dedican de una manera u otra a la cuestión palestina. Apenas hay uno o dos que hablen desde una perspectiva sionista, aunque nieguen esa adscripción y se definan como moderados dentro del sionismo. Han visto cómo sus argumentos tienen cada vez menos eco y reciben menos atención.

En el siglo XXI también hemos visto cómo, en la academia española y en muchos otros lugares, el marco del settler colonialism, o colonialismo de asentamiento, se ha consolidado durante los últimos quince o veinte años como uno de los principales paradigmas interpretativos de la cuestión palestina. Ya no se trata de explicar lo que ocurre como un conflicto entre dos naciones o como un enfrentamiento religioso milenario, como se hacía antes. El marco del colonialismo de asentamiento es cada vez más predominante para explicar que estamos ante una cuestión colonial.

  • El autor con algunos de sus libros anteriores, en una imagen de archivo. -

— Planteas que este genocidio, al estar retransmitido en directo, es paradigmático. No sé si el propio proceso de colonización, desarrollado a lo largo del siglo XX en una época contemporánea y con estructuras y dinámicas globales diferentes, ¿también lo hace único? Estas estructuras de violencia heredan mecanismos de otros proyectos coloniales de siglos anteriores, pero adquieren una apariencia nueva debido a esas nuevas estructuras.
— En el libro hago referencia a la perspectiva comparada que nos permite el colonialismo de asentamiento. Muchos proyectos conocidos de este tipo comenzaron y triunfaron antes del siglo XX, como ocurrió en Estados Unidos y Canadá, y también en Australia y Nueva Zelanda.

Sin embargo, otros tuvieron una fase decisiva o se consolidaron durante el siglo XX, como sucedió en Sudáfrica. La colonización de asentamiento bóer comenzó allí en el siglo XVII, pero fue en el siglo XX cuando llegaron las leyes del apartheid, primero con lo que se conoce como el pequeño apartheid y, a partir de 1948, con el gran apartheid —curiosamente, ese fue también el año de la Nakba.

Los proyectos de colonialismo de asentamiento que consiguieron expulsar o eliminar a la mayor parte de la población indígena antes del siglo XX, como ocurrió en Estados Unidos, Canadá o Australia, pudieron culminar sus objetivos con menos dificultades en ese contexto histórico. En cambio, los que comenzaron o atravesaron una fase decisiva durante el siglo XX encontraron mayores obstáculos.

Entre otras razones, porque tanto Sudáfrica como Israel se consolidaron en un momento clave, después de la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando comenzó la mayor oleada de descolonización de la historia, con la independencia de numerosos países africanos y asiáticos. En ese sentido, constituyen una anomalía histórica.

Todo esto supone un problema muy grave y estructural para el Estado de Israel. A ello se suma la contradicción de hablar en nombre del judaísmo sin representar al conjunto del judaísmo. Esta cuestión ha provocado una fragmentación y una división interna muy profundas, que son cada vez mayores. Por tanto, existen contradicciones de base muy fuertes que otros proyectos coloniales iniciados en siglos anteriores no tuvieron que afrontar de la misma manera.

— Quería volver sobre David Grün, un personaje fundamental en esta historia. Has deslizado en varios momentos de la entrevista una idea importante: que el sionismo no tiene un origen estrictamente religioso ni responde únicamente a una recuperación de las raíces, sino que también construye esa vinculación. Hablas, por ejemplo, del cambio de apellidos de algunos de sus fundadores para simular una conexión genealógica con el territorio y justificar su pertenencia.
— Es una cuestión muy estudiada en los settler colonial studies: cómo los colonos intentan presentarse como población indígena. Cito a Shlomo Sand, un gran historiador judío israelí que habla de la invención del pueblo judío. Todas las naciones y los pueblos construyen, en muchos sentidos, sus propias tradiciones: es lo que se conoce como la invención de la tradición.

En este sentido, resulta muy significativo cómo actuó el sionismo, cómo reinventó la lengua hebrea, que hasta entonces se utilizaba fundamentalmente en ceremonias litúrgicas y en el estudio de los textos sagrados, o cómo se cambiaron los nombres los promotores del sionismo. 

El primer Gobierno israelí, después de la Nakba, estaba integrado casi en su totalidad por personas nacidas en territorios que hoy pertenecen a Ucrania, Rusia o Polonia, entre otros lugares de Europa oriental. Necesitaban justificar que aquella tierra les pertenecía, pero ¿cómo hacerlo cuando procedían de contextos europeos y eran personas de origen eslavo o germánico?

Por eso también es tan problemático el concepto de lo semítico. Se habla de antisemitismo como sinónimo de antijudaísmo, pero las víctimas judías del genocidio nazi no eran necesariamente semitas en el sentido lingüístico. El término procede de las lenguas semíticas, una familia lingüística cuya lengua más hablada es el árabe. Muchas de las personas judías asesinadas por los nazis hablaban lenguas eslavas o germánicas.

Todo esto nos ayuda a entender esa dislocación de fondo: estamos ante un proyecto europeo que bebe del racismo y del imperialismo europeos y que se instala en el corazón del mundo árabe.

— También hablas de algunos vínculos históricos entre el sionismo y el nazismo.
— Es algo de lo que todavía se habla muy poco y también es un asunto que debe tratarse con muchísimo rigor: nadie está diciendo que el sionismo sea lo mismo que el nazismo y, por supuesto, mucho menos que el judaísmo sea equivalente al nazismo. Hay que ser especialmente cuidadosos con las representaciones que equiparan símbolos judíos y nazis, como las estrellas de David y las esvásticas en una misma imagen.

Pero, por otro lado, existen realidades históricas que muestran aspectos del sionismo que han sido silenciados. Desde el Acuerdo Haavara, firmado en 1933, el mismo año en que se instauró el Tercer Reich, hasta el caso de Adolf Eichmann, uno de los principales criminales nazis, encontramos episodios que permiten estudiar esas relaciones antes y después de la creación del Estado de Israel.

También existen vínculos que conectan esta historia con las dictaduras latinoamericanas, las extremas derechas y los grupos paramilitares de América Latina. A veces se dice que, para conocer la verdadera naturaleza de un actor político o de un país, basta con observar con quién ha estado y de qué lado de la historia se ha situado.

  • -

— Quería pedirte que desarrollaras dos conceptos que me han parecido especialmente interesantes. En un contexto de sensibilización urgente, tendemos a fijarnos sobre todo en la violencia física que ejerce el Estado de Israel contra el pueblo palestino. Sin embargo, recuperas una frase de Grün que dice tras la Nakba: “Los viejos morirán y los jóvenes olvidarán”. Hablas del epistemicidio y del memoricidio, dos formas de violencia más sutiles.
— Son dos conceptos fundamentales. El de memoricidio empezó a utilizarse también a raíz de las guerras de los Balcanes, en referencia a la destrucción de bibliotecas y al borrado de la identidad cultural durante los años noventa. Después se aplicó a muchos otros contextos. Yo llevo trabajando sobre esta cuestión desde 2014 o 2015, cuando publiqué un artículo en una revista académica titulado precisamente El memoricidio de la Nakba y sus resistencias.

En él ya hablaba de las dos caras del genocidio y, en este caso, de las dos caras del memoricidio: el intento de borrar la memoria, la identidad y la cultura, por un lado, y la resistencia frente a ese intento, por otro.

Esta cuestión es inseparable del epistemicidio, un concepto procedente de los estudios poscoloniales y decoloniales y de las epistemologías del Sur, desarrolladas en gran medida desde América Latina por autores como Boaventura de Sousa Santos. El término permite entender cómo se producen fenómenos similares en distintos territorios, aunque están muy relacionados con la colonización: el intento de destruir, borrar y despreciar las lenguas, las maneras de pensar, las formas de ver el mundo y las cosmovisiones de determinados pueblos.

En el caso colonial, y concretamente en Palestina, estas culturas se consideran salvajes o bárbaras. Pero el desprecio hacia lo minoritario también se manifiesta en otros lugares. Existe, por ejemplo, un desprecio hacia los conocimientos de las mujeres, hacia los saberes queer y hacia aquellas formas de conocimiento que no se ajustan al modelo eurocéntrico que impone el poder.

Estos conceptos nos ayudan a entender cómo ha actuado el régimen sionista también en este terreno. Desde el principio se quemaron libros y se robaron diarios y fotografías. Ahora, esta dinámica ha continuado bajo otra forma: el escolasticidio, es decir, la destrucción de escuelas y universidades.

Pero también existe la otra cara. Se siguen defendiendo los espacios de conocimiento y hay personas que continúan graduándose y presentando tesis doctorales. Una de las principales motivaciones que me llevaron a escribir este libro es precisamente esa resistencia.

Todo el mundo sabe que las universidades han sido destruidas y que han muerto más de 20.000 niños, pero casi nadie conoce las historias de quienes han seguido leyendo tesis doctorales en esas mismas universidades. En el hospital Al Shifa, tantas veces mencionado por los cortes de electricidad, la desconexión de equipos médicos y los bombardeos, también se han seguido graduando médicos y médicas.

La apuesta del pueblo palestino por la educación es extraordinaria. Y eso también es Palestina.

Hay un libro reciente que me parece muy importante, Víctimas perfectas, del periodista y activista palestino Mohammed El-Kurd. Habla precisamente de lo injusto que es que al pueblo palestino solo se le vea como víctima o como terrorista. Se espera que sus integrantes se comporten de una determinada manera, de forma pasiva, sin rebelarse ni luchar. Cuando lo hacen, dejan de ser aceptados.

Creo que tenemos que cuestionar esa mirada. Yo aprendo todos los días del pueblo palestino y una de las cosas que más me llaman la atención, y que también explican por qué me dedico a este tema, son el sumud, la resistencia y la firmeza ante la adversidad, y las ganas de vivir. Nunca he visto tanta hospitalidad, tantas ganas de vivir y tanta alegría como las que he encontrado en Palestina.

Es injusto hablar únicamente en términos de violencia, destrucción y muerte, aunque, por supuesto, sea necesario hablar de todo ello. Se siguen publicando muchos libros sobre la muerte y la destrucción, y creo que la gente está muy cansada de esa mirada. Lo que también tenemos que poner en valor es la otra cara del genocidio.

— En varias ocasiones a lo largo del libro planteas que, ante cada agresión, se produce también una reivindicación de las ganas de vivir. ¿Hasta qué punto este proceso tan prolongado ha hecho que el sumud forme parte de la identidad y la cultura palestinas?
— Es una pieza clave de su identidad y de su forma de vida. Pero tampoco hay que romantizarlo. Ojalá el pueblo palestino no tuviera que resistir ni practicar el sumud.

Por supuesto, hay que entender que el pueblo palestino es muy diverso y que las personas tienen todo el derecho del mundo a comportarse de maneras muy distintas. También hay que tener cuidado con esa imagen romántica según la cual todas las personas palestinas están todo el día con una kufiya lanzando piedras al ejército israelí. Es un pueblo, son personas, son seres humanos y, por tanto, también tienen sus contradicciones y sus conflictos. No hay que idealizarlos.

Pero, por otro lado, la colonización, el apartheid, la limpieza étnica y el genocidio que han tenido que vivir han provocado una respuesta que considero increíblemente admirable, única en el mundo. El pueblo palestino nos enseña cada día lo que significa defender la vida y nos enamora con su capacidad de resistencia. Cada vez que destruyen sus olivos, plantan más olivos; cada vez que matan a una persona, surgen nuevas formas de vida. A la destrucción israelí responde una afirmación constante de la vida palestina.

Al final del libro hablo, por ejemplo, de Al-Araqib, un pequeño pueblo de poco más de veinte familias beduinas palestinas situado en la Palestina de 1948, el territorio que hoy forma parte de Israel. Sus habitantes han resistido más de 200 demoliciones y destrucciones. Parece David contra Goliat: por un lado, la tecnología militar avanzada, los tanques, los helicópteros y los bombardeos israelíes, con apoyo estadounidense; por otro, un pueblo que simplemente quiere vivir en su tierra y reconstruye sus casas. Creo que es un ejemplo muy claro de lo que significa el sumud.

  • Una marcha en solidaridad con Palestina, en València. -

—¿Hasta qué punto contribuyen las movilizaciones en España a reforzar la lucha palestina? Si no hay un cambio que parta de una institución o de un Gobierno, parece que las protestas tienen un impacto limitado
— Ahora, cada vez que hablo con una persona palestina, me repite lo mismo: “Muchísimas gracias”. Son conscientes del apoyo que reciben. Además, están muy conectados a través de los teléfonos inteligentes, incluso más que nosotros, y siguen constantemente las muestras de solidaridad. Saber que hay gente movilizándose por ellos les da vida y ganas de luchar.

Creo que lo que hemos vivido durante estos últimos años constituye el mayor episodio de solidaridad internacionalista en el Estado español, al menos desde la Guerra Civil. Durante casi dos años hemos visto protestas por Palestina todos los meses en más de cien localidades. Eso nunca había ocurrido.

Hay quien me recuerda las protestas contra la guerra de Irak, que fueron históricas y merecen todo el respeto. Pero fueron varias manifestaciones concentradas en determinados momentos. En este caso hablamos de movilizaciones sostenidas durante casi dos años, en más de cien localidades cada mes. Solo en València se celebraron unas cuarenta manifestaciones y concentraciones entre finales de 2023 y finales de 2025, tanto en el centro de la ciudad como en el puerto, entre otros espacios. Es algo histórico.

A veces se piensa que Palestina está lejos, pero somos personas y el dolor de otros seres humanos no nos puede resultar ajeno. Además, la causa palestina se ha convertido en una causa de la humanidad, y lo estamos viendo en distintos lugares. En las protestas de París y en numerosas acampadas, incluida la de la Puerta del Sol, en Madrid, o las de València, las banderas palestinas se han convertido en un símbolo de muchas luchas por la justicia.

Creo que seguirá siendo así durante mucho tiempo, porque mucha gente se ha dado cuenta de que lo que ocurre en Palestina también podría ocurrir aquí. Se está produciendo una palestinización de muchos pueblos y una israelización de muchos gobiernos, en el sentido de que, mediante alianzas con la extrema derecha, se impulsan mayores mecanismos de control y vigilancia. Son tecnologías y prácticas que se ensayan en Palestina y después se exportan al resto del mundo, como también explico en el libro.

— Planteas una intuición que no es únicamente tuya: que podríamos estar asistiendo al final del Estado de Israel. Pero hablamos de un Estado que no solo cuenta con toda una estructura institucional y militar, sino también con alianzas muy poderosas. Resulta llamativo plantear ese escenario. ¿Cómo podría producirse ese final?
— No sabemos ni cómo ni cuándo. Eso es lo primero y lo más importante. Soy historiador, no futurólogo. Pero la historia nos enseña, entre muchas otras cosas, que nada es eterno. ¿Quién habría imaginado, desde lo alto del Coliseo, que el Imperio romano no iba a ser eterno?

Los regímenes de colonialismo de asentamiento se basan en proporcionar estabilidad y seguridad a sus colonos y a sus inversiones capitalistas. Sin embargo, en los últimos tres años no ha habido nada más inseguro e inestable que Israel. Siguen marchándose colonos y retirándose inversiones. Todo esto ocurre en medio de una guerra y un genocidio, a lo que se suma el enfrentamiento con Irán en 2026. Irán ha llegado a atacar numerosos puntos de Israel con una precisión que, según algunas informaciones, ronda el 90 %. Eso no había ocurrido nunca. ¿Quién va a querer invertir en un lugar donde incluso ha sido destruido un edificio de uno de los principales institutos israelíes de investigación y tecnología?

Israel sigue apareciendo, además, como el país más odiado del mundo en distintos índices que se publican periódicamente. El modelo israelí es una colonia que se ha sostenido mediante una especie de respirador artificial de prosperidad, progreso, seguridad y estabilidad para sus colonos y sus inversiones. Pero ese respirador está dejando de funcionar.

El capital funciona así: no invierte en un lugar que considera extremadamente inseguro e inestable. Las campañas de boicot, desinversiones y sanciones (BDS) siguen ganando terreno, aumentan los boicots y cada vez hay más empresas que retiran sus inversiones.

También hay que tener en cuenta la división dentro de la sociedad judía israelí. Ya antes del genocidio, en el verano de 2023, un 67 % de la población consideraba posible que se produjera una guerra civil en Israel, según datos difundidos por la televisión israelí. Esto es muy importante.

Israel tampoco ha conseguido destruir la resistencia palestina ni la libanesa, por mucho que lo haya intentado y a pesar de la magnitud del genocidio. Estamos ante un episodio de solidaridad internacional sin precedentes, mientras que el primer ministro israelí se enfrenta a la justicia internacional.

Todo ello resulta fundamental para analizar la sostenibilidad del régimen a medio y largo plazo. La historia también nos enseña que regímenes como el apartheid sudafricano llegaron a invadir o atacar a siete países de su entorno, algo que guarda paralelismos con la actuación de Israel en la región.

Por supuesto, no sabemos qué puede ocurrir. Pero siempre recomiendo leer la prensa israelí. Desde finales de octubre de 2023, una de las palabras que más aparece en sus artículos es colapso. Algunos llegan a afirmar que Israel no alcanzará su centenario, al que le quedan cuatro años, y hay economistas que advierten de un posible colapso del país.

Hace apenas unos días, en octubre de 2026, se difundió una información sobre un supuesto informe de la CIA que advertía del riesgo de guerra civil y colapso en Israel. Como digo, no sabemos ni cómo ni cuándo, pero existen paralelismos históricos con la desaparición de otros regímenes coloniales que conviene tener en cuenta.

  • Campaña electoral en Tel Aviv. -

— Sé que tampoco eres politólogo, pero quería preguntarte qué esperanzas y qué precauciones deberíamos tener ante las próximas elecciones en Israel.
— Creo que la primera precaución consiste en entender que el sionismo, en sus distintas versiones —más o menos religiosas, más o menos conservadoras—, es la ideología dominante en Israel. Por tanto, salga quien salga elegido, seguirá predominando una ideología que considero racista.

En 1975, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó una resolución que calificaba el sionismo como una forma de racismo. Aquella resolución fue revocada años después, tras una larga campaña de presión israelí y estadounidense. Es importante recordar ese antecedente y tener presente que, independientemente del resultado electoral, es difícil esperar grandes cambios desde dentro de Israel.

Tenemos numerosos ejemplos de limpieza étnica, genocidio, ocupación, matanzas y atrocidades cometidas bajo gobiernos de distintas orientaciones políticas, tanto los considerados más progresistas como los más conservadores.

Es cierto que la sociedad judía israelí se ha desplazado hacia posiciones cada vez más ultraderechistas. El Gobierno elegido en 2022 fue el más ultraderechista de la historia del país y, durante el genocidio, algunos de sus integrantes han realizado declaraciones abiertamente racistas y han llegado a reclamar el exterminio de la población palestina. Nunca había habido tantos dirigentes israelíes expresándose en términos tan explícitos de odio y destrucción.

Por eso insisto en la cautela: el resultado electoral puede cambiar algunas cosas, pero es difícil esperar una transformación profunda desde dentro de Israel. Los principales cambios tendrán que venir del pueblo palestino y de la presión exterior.

En cuanto a las esperanzas, creo que, pase lo que pase, cada vez resulta más difícil sostener la idea de que Israel es la única democracia de la región. Las elecciones volverán a poner de manifiesto las contradicciones de un sistema que controla a millones de palestinos entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, especialmente en Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza, sin que puedan votar en las elecciones israelíes.

Desde la ciencia política se ha utilizado en numerosas ocasiones el concepto de etnocracia para describirlo, en lugar del de democracia. El carácter discriminatorio del sistema y las prácticas de apartheid serán cada vez más visibles. Creo que todo esto contribuirá a deteriorar todavía más la imagen internacional de Israel.

Recibe toda la actualidad
Murcia Plaza

Recibe toda la actualidad de Murcia Plaza en tu correo