El encanto de la levedad emocional en las acuarelas de Pedro Serna

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MURCIA. Mirando las acuarelas de Pedro Serna (Paraninfo del Campus de la Merced, otoño 2026), uno revive la sensación de que está frente a una pintura realizada con caricias de pincel, no con pinceladas. El pincel apenas roza el noble papel y deja el alma del color, la alusión de la línea, la tranquila, inane sombra de la realidad transfigurada en pintura. Ver cuadros de Pedro Serna es refrescar el alma, y sanarla de demasías de todo tipo. Decía Fray Luis del músico Salinas, aquello de:

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

Pues lo mismo sucede con la contemplación de este silencio de paisaje humanizado que nos brinda el poeta-pintor. Mirando esos papeles de acuarela, por las tiernas cerdillas del pincel acariciados, experimentamos algo que escapa de la sensorialidad, y trasciende a más altas esferas de la Realidad. Minimalismo poético, condensación de espiritualidad… nos atrevemos a decir de esta exposición que aúna vistas de las cuatro estaciones en la tierra del pintor, y aun otras más lueñes, pero igualmente sometidas a la leve disciplina de la caricia, sobre el terso papel, del tierno pincel.

Las vistas de la Huerta, con sus casones antiguos, de vieja prestancia y blasonadas fachadas, a las que ornan las moradas jacarandas en flor, las vastas extensiones sembradas, verdecidas del estío, las albercas de riego, con su agua tan reluctante a tener color propio, y apoderarse, en cambio, del que tiene el alma del cuadro… son los temas de Pedro Serna.

Unos exteriores queridos, entrañables, a los que desnuda de todo exceso de materia y basta realidad sensorial, para buscar ese país inexacto entre lo abstracto y lo espiritual. Pedro Serna no pinta para reproducir, más o menos afortunadamente la materia y la luz que tiene enfrente. Pinta para transmitirnos cuánto, y cómo, hay del Ser en el paisaje al que plasma en sus delicados papeles de acuarela. Una pintura, que, sobre satisfacer todas nuestras exigencias estéticas, nos eleva, como la música de Salinas a Fray Luis, una cierta “hermosura y luz no usada”. 

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