MURCIA. Hay cuerpos que se miran y cuerpos que se recuerdan. Cuerpos convertidos en iconos, deformados por la angustia, reconstruidos por la memoria o atravesados por las marcas de una vida. Sobre esa idea se levanta 'Orografía de la piel', la exposición colectiva que puede visitarse en la Galería Montcada de Barcelona hasta el próximo 25 de septiembre. Comisariada por Vicenç S. Plá, la propuesta entiende la piel no como una frontera, sino como un territorio donde quedan inscritas nuestras historias.
Entre los grandes reclamos de la muestra destaca el trabajo del artista murciano Luis Fernández (Blanca, 1974), cuya emotiva obra sobre el duelo y la memoria familiar dialoga de igual a igual con firmas internacionales de la talla de Francis Bacon o Brain Roy. La exposición reúne así lenguajes y sensibilidades muy diferentes donde el cuerpo aparece unas veces como imagen pública y otras como espacio íntimo; como máscara, como herida, como recuerdo o como mito. Tres obras permiten recorrer especialmente bien ese territorio.
En Brain Roy (Lyon, Francia, 1980) el cuerpo se encuentra con la cultura popular y con el juego. Su Marilyn Monroe no es exactamente la estrella inalcanzable que la historia convirtió en leyenda. Roy la sorprende haciendo una enorme burbuja de chicle rosa, en un gesto que introduce algo inesperadamente cotidiano en una figura acostumbrada a ser contemplada desde la distancia. Al fondo, las flores sonrientes evocan de inmediato el universo visual de Takashi Murakami y su imaginario kawaii. Hollywood y Japón, glamour y juego infantil, se encuentran en una misma superficie.
La burbuja de chicle funciona entonces como una pequeña revolución. Marilyn deja de posar para la historia y, durante un instante, parece divertirse. Roy no retrata a Marilyn: juega con su mito. Y en ese juego hay algo más que ironía. El artista devuelve humanidad a un icono que la cultura popular ha reproducido hasta convertirlo casi en una superficie sin vida. Entre flores y colores, la diva vuelve a ser mujer, personaje y presencia.

- Orografía de la piel: el cuerpo como territorio de memoria. -
- Foto: GALERIA MONTCADA
Mucho más incómodo es el territorio que propone Francis Bacon (Dublín, Irlanda 1909-Madrid 1992) en The Human Body, Study for the Metropolitan Museum of Art (1975). Aquí el cuerpo ya no es un icono reconocible ni una imagen destinada al consumo visual: es una presencia vulnerable. La figura aparece sometida a una tensión que parece física y psicológica al mismo tiempo. Bacon no busca la belleza ni siquiera el parecido; busca aquello que queda cuando desaparecen las certezas.
La deformación se convierte así en una forma de verdad. El cuerpo parece encerrado en sí mismo, aislado, expuesto a una mirada que no permite refugio. Hay algo profundamente contemporáneo en esa incomodidad: mirar a Bacon es enfrentarse a la fragilidad de nuestra propia condición. La litografía no necesita contar una historia concreta porque habla de una experiencia que todos reconocemos, aunque preferiríamos no mirar demasiado de cerca: la vulnerabilidad de estar vivos.
Y es precisamente hacia esa dimensión más íntima donde conduce el trabajo del creador del Valle de Ricote, Luis Fernández. En el retrato de su padre, comenzado en vida y finalizado tras su fallecimiento, el género del retrato deja de ser representación para convertirse en despedida. El rostro aparece frontal, monumental, suspendido en un espacio donde las palabras, las líneas y los signos construyen algo parecido a un paisaje interior.
El fondo funciona como una orografía emocional. Tierra, agua y memoria se mezclan en bandas concéntricas que rodean la cabeza y contienen fragmentos poéticos —"el río se silencia", "la lluvia dejó de ser…"— como si la memoria intentara reconstruir aquello que la muerte acaba de interrumpir. Las palabras no explican la imagen: la acompañan, la rodean, la mantienen viva.
En primer plano aparecen las flores, quizá el elemento más conmovedor de la composición. Parecen emerger de los electrodos y dispositivos médicos que acompañaron al padre durante sus últimos momentos. Allí donde esperaríamos encontrar únicamente cables, enfermedad y tecnología hospitalaria, nace una forma vegetal. La máquina se convierte en raíz; el final de la vida, en flor.
El lenguaje próximo al Pop Art que utiliza Fernández adquiere aquí un significado distinto. Si el pop tradicional convirtió rostros célebres en imágenes multiplicables, este retrato convierte a un padre en un icono privado. No porque fuera famoso, sino porque para alguien su rostro contenía un mundo entero.
Ese desplazamiento —de lo público a lo íntimo, del mito a la memoria— resume buena parte del espíritu de «Orografía de la piel». La exposición entiende que la piel no termina en el cuerpo: continúa en aquello que recordamos, en las imágenes que heredamos, en las heridas que permanecen y en los relatos que construimos para no perder del todo a quienes estuvieron con nosotros.
Brain Roy juega con la piel pública del mito. Bacon la lleva hasta su límite de fragilidad. Luis Fernández la convierte en memoria. Tres maneras de mirar un cuerpo y, en el fondo, tres maneras de hablar de lo mismo: de aquello que permanece cuando la imagen deja de ser solamente una imagen.
En 'Orografía de la piel', el cuerpo se presenta finalmente como un paisaje. Un paisaje que puede ser colorido, incómodo o doloroso, pero que siempre conserva las huellas de quien lo habita. Porque quizá la piel sea precisamente eso: la primera geografía de nuestra memoria.