VALÈNCIA. Un roce de manos entre compañeras de clase, calcetines, trenzas, una excursión escolar, ejercicios de gramática, miradas furtivas, versos garabateados en un papel, un anhelo que todavía no se ha aprendido a nombrar. El universo entero concentrado en un pupitre… o en las páginas de El opoponax, la primera novela de la filósofa francesa Monique Wittig, que por primera vez aparece en las estanterías españolas sin censura, de la mano de la editorial Bamba. Galardonado en 1964 con el Premio Médicis, el libro sigue las peripecias de un grupo de niñas en un colegio y, desde una voz colectiva, opera como lo hace la memoria infantil: mediante una amalgama de hallazgos, tensiones, rivalidades y entusiasmos.
La iniciativa de recuperar esta pieza nació de la traductora e investigadora Gudrun Palomino. Al ver que en los últimos años editoriales independientes como Continta me tienes publicaban títulos de Wittig, empezó a crecer en ella la oruga de la curiosidad. ¿Quizás había otras obras suyas pendientes de ser rescatadas? En esas indagaciones descubrió que El opoponax no se había vuelto a traducir en España desde los años 60. De hecho, como señala Claudia Villanueva, responsable de la edición actual, estaba descatalogada en nuestro país y la edición publicada por Seix Barral en 1969 era “muy difícil de encontrar”. Raquel Bada, fundadora de la editorial Bamba, recogió el guante: apostó por El opoponax por considerar que existía “un contexto especialmente fértil” para volver a leer a la autora de El pensamiento heterosexual “con toda su radicalidad, pues es una obra que sigue dialogando con debates activos”.
Que un texto que se asoma al despertar del deseo lésbico en una chiquilla pasara tranquilamente el filtro de la censura franquista llamó, con razón, la atención de Palomino. Y esa extrañeza le llevó a consultar el expediente del manuscrito en el Archivo General del Estado. En el informe se decía que “había partes deshonestas, insultos y fragmentos que podrían resultar problemáticos. Sin embargo, el censor concluyó que, al estar narrado desde una mirada ‘infantil e ingenua’, el libro podía publicarse. Lo curioso es que, al revisar esa primera traducción española, sí se perciben cambios. En algunos fragmentos desaparecen esas partes ‘deshonestas’, que en realidad eran simplemente referencias a órganos sexuales. Da la impresión de que la traductora, Caridad Martínez, influida por el comentario del censor, decidió suprimirlas. Así que parte del trabajo consistió en volver al original y recuperar esos elementos”, explica Palomino. No en vano, para Bada, la mutilación del texto no solo afectaba a palabras concretas, sino también “a la intensidad y a la claridad con la que aparece el descubrimiento del deseo sáfico en la infancia, uno de los núcleos del libro”.
En ese sentido, Villanueva apunta a “una autocensura encubierta. Hay que decir que Martínez hizo un trabajo admirable, porque se enfrentó a un texto extremadamente complejo, tanto en su forma como en su planteamiento ideológico. Se atrevió a traducir una novela muy difícil en un momento en el que el pensamiento de Wittig todavía no se había desarrollado plenamente”. De hecho, cuando surgió esa primera edición española, la autora “no había escrito aún sobre género ni había publicado textos con la palabra ‘lesbiana’”.
Pero en contra de lo que ese censor franquista opinó, Villanueva defiende que el texto de Wittig “no tiene nada de naïf. El trabajo de traducción ha permitido hacer explícito (tanto como lo es en el texto original) el lado más crudo de todo aquello que constituye la subjetividad lésbica que encontramos en El opoponax”.

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- Foto: BAMBA EDITORIAL
“Una política poética o una poética política”
Claro, la lectora que recorre las peripecias de estas escolares en 2026 no es la que lo hacía en pleno franquismo: “ahora leemos la novela desde una perspectiva feminista y queer que el público de los años sesenta probablemente no tenía. Pero precisamente por eso resulta muy interesante, porque permite ver cómo desde el inicio Wittig ya estaba explorando ciertas cuestiones literarias y políticas”, recuerda Villanueva.
Es más, al descubrir El opoponax quedó fascinada por “la capacidad poética de Wittig, que se une inseparablemente a su propuesta política. En su trabajo, lo narrativo, lo formal y lo político se dan la mano. Propone una política poética o una poética política. En su obra, ambas dimensiones son inseparables: la política y la poética terminan siendo lo mismo”. Quizás por ello, Bada considera que leer a Wittig hoy sigue siendo una experiencia “muy viva”, pues obliga a repensar cómo se teje un sujeto, “cómo se aprende a mirar el mundo y cómo el lenguaje participa en configurar normas sociales”.
En esa apuesta por fusionar política y poética llega el lenguaje. Y es que, en el texto original de El opoponax, uno de los elementos fundamentales es el pronombre francés on, “que puede traducirse como ‘nosotras’, ‘nosotros’, ‘ellas’, ‘ellos’ o como una forma indefinida. Wittig no utiliza el ‘yo’, sino que emplea este pronombre como sujeto de la mayoría de frases. Una traducción realizada sin tener en cuenta el juego de pronombres difícilmente puede trasladar esa intención”, expone Villanueva. ¿La solución para mantener la lealtad al texto? Palomino al aparato: “Al principio opté por construcciones impersonales: hay que, se ve que, se dice… Pero noté que eso no transmitía del todo la dimensión colectiva y la ambigüedad del on. Así que decidí introducir también la primera persona del plural. No aparece explícitamente el pronombre ‘nosotras’, sino que se expresa a través del verbo. Era una forma de mantener esa sensación de extrañeza que existe en el original”.
Además, según Villanueva, esa indefinición es fundamental para entender que el libro se sitúa en una infancia donde “los personajes todavía no parecen entenderse a sí mismos desde identidades fijas”. Con ese sujeto colectivo, la autora de El cuerpo lesbiano no solo rompe con la narración tradicional, “sino que diluye la individualidad y genera una experiencia compartida de la niñez”, incide Bada, para quien esa elección sigue resultando “muy contemporánea porque cuestiona la idea de un sujeto único, estable y central, algo que hoy está presente en muchos debates literarios y políticos. Desde luego, ese on, viniendo de Wittig y de su pensamiento, es político”. El opoponax se conjuga en un plural incierto, difuso.
Flores, lápices y bofetadas
El territorio inabarcable de la infancia, con todas sus aristas y contradicciones, empapa El opoponax. Pero no se presenta aquí ese retrato almibarado de muchachas dulces y delicadas al que en ocasiones nos ha abocado la ficción. Este proceso de crecimiento alberga crueldad y euforia; agresividad y belleza. También fascinación por el mundo que se abre ante sus ojos, por cada pequeño descubrimiento de una vida que se nombra por primera vez. Cerezos, cuadernos y piedras. Vacas, misas y zapatos. Café y frases en latín. No hay idealización, solo intentos de practicar la existencia.
Como explica Palomino: “Aparece la violencia de las monjas hacia las alumnas, pero también la violencia entre las propias estudiantes. Incluso juegos como ‘ir al médico’ se vuelven violentos o incómodos. Wittig no lo justifica, pero sí muestra que forma parte de ese mundo en el que no existe todavía una noción clara del bien y el mal. Las niñas van sabiendo qué está bien o mal a partir de las consecuencias de sus actos. El conocimiento moral surge de la experiencia”.

- Foto: BAMBA EDITORIAL
En ese sentido, Villanueva destaca la intención de poner el foco en la mirada de las menores y sus formas de hacer: “Quien lee El opoponax se topa con la construcción de un sujeto compartido, un enjambre que se mueve y avanza y que se va destilando a medida que pasan las páginas, que se transforma”. Para Bada, la escritura de Wittig tiene una cualidad “muy física y muy concreta. Nombra el cuerpo, el deseo, las jerarquías y las violencias pequeñas que estructuran la vida escolar y social”. Y esa manera de narrar el mundo con una precisión “casi material” conecta con lectoras actuales que buscan textos “que ofrezcan la posibilidad de desmontar los mecanismos de normalización que atraviesan la vida cotidiana”.
Y en ese atlas infantil, la escuela ocupa un rol central y ambivalente: “es a la vez un espacio de aprendizaje y un espacio opresivo. Las protagonistas pasan gran parte de su vida en ese lugar muy cerrado, no solo físicamente sino también emocionalmente. Y, al mismo tiempo, es donde las alumnas adquieren herramientas culturales. Por ejemplo, los versos que utilizan después para expresar su afecto”, subraya la traductora. “Nos encontramos ante una niñez que se desarrolla en un entorno rígido, profundamente religioso, marcado por la tradición, en cierta manera hostil. Resulta interesante atender a cómo se genera este mundo infantil dentro de ese otro mundo, con el que podemos encontrar analogías fácilmente. La lectora actual es perfectamente consciente del mundo en el que viven las niñas, de lo que les rodea, pero, de alguna manera, el texto nos ofrece otro relato, un relato que es suyo, que les pertenece a ellas”, recoge Villanueva.
Momento Wittig en las estanterías
El opoponax no es el único texto de Wittig que regresa estos meses a las estanterías. Al tiempo que Bamba ultimaba este título, la editorial Tránsito hacía lo propio con Las guerrilleras. De repente, nos encontramos con un “momento Wittig” en el calendario. Así lo cuenta Bada: “Durante mucho tiempo su obra ha circulado de forma fragmentaria, pese a ser una creadora fundamental para la literatura experimental y el pensamiento feminista y lesbiano. Que coincidan estas dos publicaciones indica que existe un interés renovado por volver a leerla, pero también por reconstruir una genealogía incompleta o parcialmente distorsionada. Ojalá esta coincidencia contribuya a consolidar su presencia, a que se generen nuevos debates que permitan comprender mejor la dimensión literaria y política de su proyecto”.
¡Ah, por cierto! Esta edición de Bamba incluye un posfacio firmado por Marguerite Duras: “Todas las personas hemos escrito este libro, tanto vosotras como yo. Solo una de nosotras ha descubierto este Opoponax que todas hemos escrito, lo quisiéramos o no. Una vez cerrado el libro, se produce la separación. Mi Opoponax, el mío, es una obra maestra”.

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- Foto: BAMBA EDITORIAL