MURCIA. Hubo un tiempo, en esta Murcia de calores densos y memorias frágiles, en que muchas guitarras acabaron condenadas a la oscuridad de los armarios.
No fue por un repentino desamor, ni porque sus dueños hubieran perdido el oído, sino por esa implacable marea que llamamos madurez. La vida empezó a exigir sus peajes cotidianos: había que fichar en el trabajo, pagar una casa, criar hijos y aceptar, con una mezcla de resignación y nostalgia, que aquellos años de verbenas, amplificadores que zumbaban y muchachas esperando junto a la pista habían sido una maravillosa insolencia de juventud.
Los muchachos que en los años sesenta habían descubierto el rock se hicieron hombres formales. Y muchos dejaron de tocar.
Pero en su aparente domesticación cometieron un error: dejaron los instrumentos en casa.
En los cajones quedaron los discos gastados, las fotografías en blanco y negro donde lucían tupés desafiantes y las historias de noches interminables. Y por los pasillos de aquellas casas crecieron unos niños que, tarde o temprano, descubrieron que el señor respetable que se sentaba a cenar frente a ellos y les preguntaba si habían terminado los deberes había sido, en otro tiempo, una especie de dios efímero de las noches de verano.
Uno de aquellos padres fue Joaquín Clares, integrante de Los Jorister's, uno de los grupos que ayudaron a escribir las primeras páginas del rock murciano.
Su hijo, Miguel Ángel Clares, creció respirando aquel ambiente musical, pero no siguió exactamente los pasos de su padre.
Hizo algo mucho más interesante: encontró los suyos.
La electricidad de la guitarra se transformó en la nobleza de la madera y el arco. El niño de Algezares eligió el violonchelo.
Comenzó a estudiar música con apenas ocho años y terminó formándose junto a grandes maestros europeos. Estudió en París con Radu Aldulescu y completó su formación en la International Menuhin Music Academy de Suiza.
En una sola generación, Murcia había pasado de aquellos muchachos que aprendían rock escuchando una y otra vez los discos hasta encontrar el acorde correcto, a tener un joven violonchelista preparado para los grandes escenarios internacionales.
Miguel Ángel murió demasiado pronto, en 2002.
Tenía apenas 26 años.
Fue uno de esos golpes para los que la música no encuentra consuelo. Pero su nombre se negó a desaparecer.
Hoy, la Sala de Cámara Miguel Ángel Clares del Auditorio y Centro de Congresos Víctor Villegas recuerda al músico que pudo haber llegado mucho más lejos. Y Murcia también le dedicó una calle.
Joaquín quizá nunca imaginó, durante aquellas noches con Los Jorister's, que décadas después el apellido Clares daría nombre a una sala de conciertos y permanecería escrito en el callejero de su ciudad.
El destino, a veces, necesita una generación entera para terminar de componer una canción.
Ese mismo hilo invisible atravesó otras familias.

- JORISTERS-MIGUEL ÁNGEL CLARES -
Alicia Morote creció también con los ecos de Los Capicúas formando parte de su paisaje familiar, otra de aquellas formaciones de la primera Murcia moderna.
Pero Alicia tampoco se limitó a desempolvar las partituras de quienes habían venido antes.
Pianista y compositora, hizo de la música su propio territorio. Tras una sólida formación y su paso por Berklee, su carrera profesional terminó llevándola hasta el mundo audiovisual y cinematográfico, participando en equipos musicales vinculados a producciones de enorme repercusión, entre ellas películas de Pedro Almodóvar como Dolor y gloria y Madres paralelas.
De las verbenas al cine.
De Los Capicúas a Almodóvar.
El salto parece enorme.
En realidad, entre ambos mundos apenas hay una generación.

- ALICIA MOROTE-CAPICÚAS -
Y luego está la historia de Sean Frutos, una de esas historias que parecen exigir la pluma de un novelista.
De niño, Sean contemplaba las viejas fotografías en blanco y negro donde su padre, vocalista de Los Flash, aparecía rodeado de guitarras, músicos y escenarios.
Ante aquel fogonazo de juventud atrapado en papel fotográfico, el niño pensó algo extraordinariamente sencillo: "Yo quiero estar ahí".
Probablemente ningún padre que haya sido músico necesite un homenaje mejor que la admiración secreta de su hijo.
Sean terminó estando allí.
Y de qué manera.
Junto a Jorge y Fran Guirao, formó parte de Second, una de las bandas fundamentales de la música murciana contemporánea. Grabaron discos, recorrieron escenarios y festivales y llevaron su música mucho más allá de la Región, llegando incluso a triunfar internacionalmente en Londres.
Pero la vida, que de vez en cuando escribe mejores argumentos que nosotros, se había reservado una última coincidencia.
Los padres de aquellos jóvenes también habían sido músicos.
Procedían de Los Flash y Los Ases, dos grupos que compartieron aquellos años en los que la competencia musical también ayudaba a crecer.
Se escuchaban unos a otros, se medían sobre los escenarios y cada nueva canción, cada guitarra y cada actuación servían de estímulo para intentar hacerlo un poco mejor que los demás.
Años después, los hijos terminaron tocando juntos en Second.
Y quizá ahí esté una de las imágenes más hermosas de esta historia: lo que en la generación de sus padres había sido una sana competencia por alcanzar la excelencia, en la de sus hijos terminó convertido en complicidad, creación y música compartida.

- SECOND-SEAN FRUTOS HERMANOS GUIRAO -
Este mismo instinto de continuidad aparece en Alfredo Martínez Martínez, posteriormente vinculado a Los Grillos y Los Parrandboleros. Su padre había sido uno de los fundadores del Trío Las Vegas.
En aquella casa el requinto nunca fue un objeto decorativo.
Era otro idioma familiar.
Pero cuanto más se escarba en la genealogía musical murciana, más ramas aparecen.
Juan Antonio Medina Sánchez, profesor de viola en el Conservatorio de Música de Murcia, lleva también en su árbol familiar la huella de aquellos pioneros: su ascendencia musical procede de Mariano Sánchez Gil de Los Cinco Ibéricos, otro de los grupos de aquella primera aventura de la música moderna murciana.
Y encontramos una historia semejante en Pascuala López, hija de uno de los componentes de Los Jaguars, el recordado 'Paco Jaguars'. Ella eligió el contrabajo y convirtió aquella herencia familiar en profesión: es profesora de contrabajo en el Conservatorio de Música de Murcia.

- JAGUARS-PASCUALA LÓPEZ-PACO JAGUARS -
Y aquí empieza a resultar difícil hablar de casualidades.
Guitarra, viola, violonchelo, contrabajo, piano, requinto, rock, indie, música clásica, cine...
Los instrumentos cambiaron.
Los estilos también.
La música permaneció.
Durante años nos hemos obsesionado con la arqueología de aquellos pioneros: qué guitarras compraron, qué amplificadores consiguieron, dónde actuaron, cuánto cobraban por una noche o quién conseguía atraer más miradas junto al escenario.
Pero apenas nos hemos preguntado qué ocurrió cuando regresaban a casa.
Porque aquellos muchachos llevaron consigo algo mucho más importante que la madera de sus instrumentos.
Llevaron la música.
Sus hijos crecieron escuchando conversaciones sobre grupos que ya no existían. Vieron fotografías de unos padres sorprendentemente jóvenes, con guitarras, tupés y una seguridad ante la cámara que seguramente no se parecía demasiado al hombre que después les preguntaba por las notas del colegio.
Y algunos quedaron contaminados para siempre.
Lo más hermoso es que no imitaron a sus padres.

- LOS 5 IBÉRICOS-JUAN ANTONIO MEDINA SANCHEZ -
Miguel Ángel Clares se abrazó al violonchelo y a la música clásica.
Alicia Morote encontró su territorio en el piano, la composición y el cine.
Sean Frutos y los hermanos Guirao -Second-, construyeron otro lenguaje musical.
Alfredo Martínez continuó abrazado a las cuerdas.
Juan Antonio Medina hizo de la viola su profesión.
Pascuala López encontró su voz en las cuerdas graves del contrabajo.
Ninguno necesitó ponerse la chaqueta de su padre para demostrar de dónde venía.
Porque las verdaderas herencias no funcionan así.
Se puede vender una guitarra.
Se puede tirar un amplificador.
Los viejos carteles desaparecen y las fotografías terminan amarilleando dentro de una caja.
Pero resulta mucho más difícil arrancar del alma de un niño la música que flotaba en el aire mientras crecía.
Hace más de sesenta años que los primeros acordes eléctricos rasgaron las noches de Murcia.
Quizá aquellos muchachos no conquistaron el mundo como soñaban.
Pero hicieron algo infinitamente más perdurable: sembraron.
Y décadas después la cosecha apareció donde menos podían imaginarla: en un violonchelo, en un piano, en una viola, en un contrabajo, en una banda de rock, en un festival o en la oscuridad de una sala de cine.
Sus hijos no heredaron necesariamente aquellas guitarras guardadas en un armario.
Heredaron algo mucho más difícil de guardar: la necesidad de hacer música.

- TRIO LAS VEGAS-ALFREDO MARTINEZ LOS GRILLOS -