Callejón de los Cubos en Murcia, casa natal de Ibn Arabí

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MURCIA. Uno de los más egregios personajes, hijos de esta ciudad de Murcia, fue Muhammad Ibn Arabí. El místico sufí que regó Al-Ándalus, el Magreb, y aún todo el Medio Oriente, con centro en La Meca, con su, insuperable e insuperado, misticismo coránico, que, en muchos aspectos superaba la letra del Libro Sagrado de los musulmanes: veía a Dios en los mojes cristianos y en los rabinos judíos. Sin duda, es el nacido aquí más conocido en la toda la Historia, desde que fuera llamado, y elegido, por Dios; así como el más leído y estudiado por todo el mundo.

Ibn Arabí vivió en esa casa hasta los seis años. Fueron los últimos seis años del reinado de Ibn Mardenix. Un reyezuelo de taifa, que le dio a Murcia, su mayor esplendor, en territorio y en riqueza, de toda la época islámica. La calle, se llama de los Cubos, en mi personal pesquisa toponímica, por la cúpula -seguramente azul- que ornaba los altos de su casa. El padre de Ibn Arabí era militar, y tenía cierta alcurnia. El apellido Arabí (descendiente de árabes auténticos), hacía a la familia ostentar una condición difícil de igualar. Desde el portal de la casa, se veía, como ahora se ve, la Torre de la Catedral, el minarete de la Mezquita Aljama.

Cuando nuestro Ibn Arabí tenía ya uso de razón, el muy cristianizado en costumbres Ibn Mardenix, murió. Los Almohades, los Unitarios que se decían ellos a sí mismos, hicieron capitular a los familiares herederos del finado. El padre del Místico mursí hizo valer su siempre admirada condición de llevar sangre árabe y se postuló ante los consentidos invasores para acudir a servir al Emir Almohade de Sevilla, gobernador en nombre del Califa de Marraquech, Al Mansur. Y allá que partió Ibn Arabí de Murcia. A buen seguro que se fue sabiendo leer y escribir, por lo menos un algo, aprendido en la inmediata madrasa de la Mezquita.

Volvió, ya después de ser un maestro sufí de primer orden en todo el Magreb, desde el Atlántico hasta lo que hoy es Argelia. Un honor que había ganado en poco más de veinte años de su edad mortal. Antes, había querido ser militar, como su padre. Pero Allah lo llamó por otros senderos; en particular el de buscar sus emanaciones divinas en las cosas de mundo.

Su visión escatológica del transmundo en forma de embudos hacia arriba, el Paraíso; y hacia abajo, el Infierno, fue copiada por Dante en su Divina Comedia. Y el uso del costumbrismo amatorio-erótico para expresar la unión del alma con el Altísimo fue lección que siguieron San Juan de la Cruz y otros místicos españoles. No por inspiración directa suya, sino por comulgar en las mismas fuentes metafóricas ambos, coincidiendo en ello con el judío Salomón.

Los castellanos, amañaron el nombre de la calle a su mentalidad, y, admitiendo que ya no había cúpula, dieron en masculinizar y pluralizar el topónimo urbano.

Como un estremecimiento del alma, quise entender la rara sensación cuando atravesé su exigua longitud y su parva angostura. Es seguro que el callejón conserva sus mismas matemáticas dimensiones de aquel 1165, cuando vino al mundo el santo sufí de Murcia, que a tantos musulmanes enseñó a meditar. Su poemario místico erótico Tarjuman al Ashwaq, hubiera sido perfectamente entendido por el carmelita descalzo de Fontiveros, a quien todos admiramos. Lo mismo debiéramos hacer todos con su poemario de la misma temática.

¿Para cuándo una placa, en árabe y español, en ese callejón?

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