VALÈNCIA. Diciembre de 1857. Entre las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de A Coruña hay un runrún. Las máquinas que sacralizan los patrones están ahí para quitarles el trabajo, su modo de vida. Los desaires de la empresa y el cansancio acumulado no dejan otra opción: hay que organizarse y acabar con ellas. Sin avisar, sin preguntar, sin negociar.
Más de un siglo y medio después, Bibiana Candia recupera aquel episodio en Lar (Alfaguara, 2026), una novela coral que funciona como espejo de su aplaudida primera novela, Azucre (Pepitas de calabaza, 2025), y que pone el foco del episodio histórico en los cuerpos, voces y vidas de las mujeres que lo protagonizaron.
El runrún está empujado por la explotación laboral, la maternidad y la carga de los cuidados; y por eso la ira y la acción colectiva acaba siendo una respuesta viable a la injusticia. Una historia del siglo XIX que suena a 2026, a las puertas de una huelga general estatal en España y en un contexto en el que las tecnoligarquías vuelven a amenazar las condiciones básicas de la clase trabajadora.
— Antes que nada, querría poner en contexto Lar con Azucre. ¿Cómo te llevó una historia a la otra?
— Siento que se corresponden absolutamente y que encajan la una en la otra. Son dos episodios espejo. De hecho, la idea de Lar nace en medio de la escritura de Azucre. Mientras escribía, me estaba documentando y buscando la voz narrativa. Estaba en medio de todo ese proceso cuando me puse a investigar, sobre todo, el contexto histórico de Galicia cinco años antes y cinco años después, para entender un poco por lo que había pasado la población en aquel momento.
El caso de Azucre, el de los gallegos esclavizados, había sucedido entre 1853 y 1856. La protesta de las cigarreras tiene lugar en 1857. Y, claro, a diferencia de lo que ocurre con Azucre, la historia de las cigarreras es un asunto que los gallegos tenemos muy arraigado en nuestra memoria colectiva, y los coruñeses, todavía más. Las cigarreras son un grupo social muy potente en la ciudad y existe una memoria vivísima de todas ellas.
Curiosamente, aquí es donde empiezan también las cuestiones que convierten una novela en el espejo de la otra: hay algunas que son casi iguales, pero otras son completamente opuestas.
Muchas veces nos contamos una historia demasiadas veces, tantas que acabamos desdibujándola. En aquel momento me di cuenta de que quería que esta fuera mi segunda novela después de Azucre. Ya sabía que ese iba a ser el segundo episodio que quería contar y que lo que pretendía era construir un proyecto literario mucho más grande que una primera novela.
Lo que estoy haciendo es un torrente narrativo en el que, además, estoy descubriendo una voz que no sabía que tenía. La estaba descubriendo un poco por intuición, a tientas: una especie de flujo de conciencia colectivo en el que todas las voces hablan a la vez. Quería dejarme arrastrar por él y ver adónde me lleva, porque realmente siento que hay algo que tenía que explorar.
El desafío que presenta Lar es el de la suma de voces narrativas. En Azucre había conseguido crear esa herramienta y ahora quería ver hasta dónde podía llegar con ella, buscar sus límites y encontrar la manera de contar la claustrofobia de tanta gente metida en una sola habitación.

— En Azucre te encontraste la dificultad de encontrar archivos y testimonios. En Lar, al tratarse de una historia que sucedió en A Coruña, partías de una situación totalmente diferente.
— Completamente distinta. La documentación está ahí y es muy fácil acceder a ella. Es más, hay mucha. En realidad, el mayor desafío al abordar un texto como este no estaba tanto en los hechos históricos como en cómo contar la vida cotidiana, porque la vida de la gente pobre no ha sido documentada, o al menos no tanto como otras.
Ahí tienes que buscarte un poco la vida. A veces es un juego de ingenio. Yo tenía libros sobre cómo había evolucionado la dieta atlántica a lo largo de los siglos para saber qué comían estas personas; o sobre ritos de embarazo y parto en Galicia. Todas estas cuestiones servían para dar verosimilitud a las mujeres, más allá de los estereotipos de esas figuras que aparecían a veces en la prensa de la época como mujeres brutales o excesivamente recias, que se pegaban entre ellas y a las que trataban casi como si fueran animales.
Yo quería contarlas desde su humanidad absoluta. Para eso hay que ser un poco más astuto a la hora de buscar fuentes, pero también es una parte muy divertida del proceso. Documentarse es muy divertido.
— Creo que una de las grandes fuerzas de tu escritura, tanto en Azucre como en Lar, es esa idea de desnaturalizar la narrativa del poder y normalizar la narrativa de las personas oprimidas, tan poco presente leída sobre papel, en boca de un personaje. Cuando verbalizas estos pensamientos sobre el trabajo, la vida o el capital, ¿hasta qué punto proceden de la oralidad? ¿Es cuando los pones sobre el papel y les das otra entidad cuando adquieren otra dimensión?
— Sí, creo que es fruto de la oralidad; y también creo que viene de la poesía. Desde que publiqué mis primeros poemas, una de las cuestiones que me obsesionan literariamente es hasta qué punto vivimos sin darnos cuenta de lo que sucede en nuestra vida cotidiana.
Hasta qué punto es importante mirar con ojos nuevos todo lo que tenemos a un paso de distancia. También hasta qué punto tenemos a nuestro lado cosas increíblemente maravillosas, incluso sobrenaturales, pero también grandes opresiones y grandes heridas. El ser humano es capaz de convivir con ellas, porque, si no, nos moriríamos, evidentemente. Pero es un campo muy interesante para la literatura.
Creo que parte de la potencia de este texto reside precisamente en no inventarse nada. Evidentemente, he tratado de construirlo de una manera bella y atractiva, con un lenguaje sugerente y buscando metáforas nuevas para atravesar los prejuicios que los lectores pueden tener ya asumidos. Pero, en realidad, lo que cuento es la verdad pura y dura: la de un cuerpo humano sometido a unas condiciones de trabajo y a una vida durísima, como era la de aquel tiempo.
En este caso hablamos de cuerpos de mujeres, y el cuerpo de las mujeres ha sido tradicionalmente una historia de rendición: la rendición a la concepción, al matrimonio, al sexo. Cuando lo miras detenidamente, resulta abrumador. Fue entonces cuando me di cuenta de que ese era el tono de la novela. Si conseguimos contar realmente el peso que arrastraban estas mujeres, será fácil (o directamente inevitable) entender por qué decidieron enfrentarse a un ejército y no echarse atrás. Así, deja de ser una anécdota de señoras bravas y pasa a convertirse en un ejemplo de dignidad.
— Uno de los hallazgos de esta mirada es explorar como productivos sentimientos que muy estigmatizados como son la furia y la ira. En la contemporaneidad, censuramos constantemente un supuesto clima de polarización y sus consecuencias; en la novela, sin embargo, la ira es precisamente lo que hace posible la acción.
— Esta novela me ha exigido un profundo ejercicio de reflexión acerca de la ira y de la rabia. Sobre todo, porque yo no quería cambiarlas a ellas ni dulcificarlas para contar esta historia. Quería que los lectores las quisieran así, que las entendieran así. Por tanto, había que deshacer los hilos e ir al origen de esa ira.
Llegué a la conclusión de que, por supuesto, la polarización es mala y no puedes estar todo el día queriendo quemarlo todo, porque no es sano. Pero sí es cierto, y eso aparece en la novela, que lo que nos hiere es lo que hace que la rabia despierte. Cuando apagas esa rabia, voluntaria o involuntariamente, por las circunstancias que sean, lo que estás haciendo es aceptar una agresión y, de alguna manera, apagarte a ti mismo, domesticarte.
Al final, ellas hablan de la necesidad de mantener vivo ese fuego interior, porque ese fuego te avisa de dónde está el peligro. Los miedos y la ira te avisan de dónde está el peligro. Por eso decía que la ira es la parte de nosotros que más nos quiere, porque nos quiere proteger.
Es una respuesta muy animal, es verdad, pero ellas vivían en unas condiciones en las que estaban realmente como animales acorralados. En su caso, todo está muy a flor de piel y creo que, en cierta manera, esa ira, ese enfado y esa reacción son una forma de autopreservación, aunque la civilización a veces la intente aplacar.
— Yo dividiría el libro en dos partes: una en la que la narración va visitando las casas individualmente y otra en la que se desarrolla esa gran acción conjunta. Sin embargo, cuando visitas esas casas, el relato no es del todo individualizado: hay una sensación colectiva a pesar de la fragmentación. Y, al revés, cuando aparece esa gran masa, identificas claramente las individualidades dentro de todo el caos del episodio. ¿Cómo fuiste equilibrando esas dos dimensiones, la individual y la colectiva?
—Creo que esa fue una cuestión puramente de oído, de oralidad. No hay otra manera de hacerlo, realmente. Para escribir este libro he recordado a mi abuela, a mis bisabuelas y a todas las señoras malhabladas que recuerdo. Además, he crecido en un barrio obrero, así que tengo mucha vivencia de ese tipo de señoras recias, que no son para nada tiernas y están hartas las veinticuatro horas del día. He canalizado mucho ese tipo de reacciones.
Después hay un ejercicio de afinar cada una de las voces lo máximo posible, sin que quede como una caricatura, para que consigas diferenciar unas de otras. Hay que afinar mucho las palabras, colocar las pausas en un sitio determinado. Y eso ha sido lo más difícil.

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- Foto: LUÍS RODRÍGUES
— Quería preguntarte por el papel de lo espiritual a lo largo de todo el libro, tanto por lo que sucede, con la importancia de los rituales, como por el hecho de que la narración se dirija a veces a Dios, le pida perdón o le suplique clemencia, e incluso recurra a versos bíblicos.
— Creo que todas estas mujeres, en mayor o menor medida, están atravesadas por la autoridad de la Iglesia —las mujeres rurales mucho más, y eso aparece desde el principio de una manera muy conservadora.
A mí me gustaba la idea de bastardear algunas partes de la Biblia y llevármelas a mi terreno. Por ejemplo, en vez de decir que la fe es como la levadura, decir que la ira es como la levadura y que fuerza los límites de las cosas. Es decir, voy a crear mi propia doctrina.
Con los rituales pasa algo parecido. Hay algunos rituales paganos que son reales y están documentados, y que introduje en la novela, mientras que otros me los he inventado. Pensaba que estas mujeres, especialmente las urbanas, que quizá ya no estarían tan apegadas a la Iglesia, necesitaban algo en sus vidas que les diera tranquilidad, algo que las anclara. Se trataba de utilizar los símbolos a su favor, de no doblegarse a ellos tal y como los conocemos tradicionalmente, sino de apropiárselos y construir una interpretación propia.
— Las mujeres de Lar canalizan su rabia y su ira contra la esclavitud del trabajo pero, al mismo tiempo, asumen esa otra esclavitud de los cuidados familiares, casi como si fuera un trabajo más, pero siendo este sí o sí incontestable.
— Me di cuenta de esto cuando ya estaba escribiendo y concibiendo la parte final. Pensaba: “Bueno, ahora baja la adrenalina, entra el ejército… ¿Y ahora qué hay que hacer?”. Entonces pensé: “Pues nada, ahora se van a hacer la cena”. ¡Me entró una angustia solo de pensarlo! Claro, es que esto es Sísifo.
El mito de Sísifo ya aparecía en Azucre, porque allí el protagonista era un esclavo. Y, de repente, era como pensar: “Ostras, es que no puedes ni hacer la revolución y después descansar. No puedes echarte a dormir. Tienes que ir a darles la cena a tus hijos y, al día siguiente, limpiar todo lo que se ha roto”.
— Entre los despachos del poder y las mujeres están las máquinas, que, por el hecho de no ser humanas, reciben en primer lugar esa ira, aunque no sean las responsables de quitarles el trabajo. ¿Qué espacio intermedio ocupan las máquinas en este episodio?
— Las máquinas, básicamente, dejan al descubierto el conflicto. Hasta que llegan, las mujeres cobraban al destajo (es decir, por cada cigarro que hacían al día). Cuando llegan las máquinas, lo que pretenden es igualarles el sueldo a todas, pero igualarlo por abajo, equiparándolas a las aprendizas. Estoy convencida de que, si les hubieran igualado el sueldo en unas condiciones dignas, a lo mejor esto no habría sucedido. Pero, claro, eso no es lo que ocurre.
Las máquinas se convierten en el objeto de la ira porque, una vez que desaparecen, como ellas mismas dicen, se acabó. Esa es la suerte de aquella época: tú podías destruir la máquina y la máquina desaparecía. De hecho, como los barcos con el tabaco seguían llegando tras toda la protesta, un tiempo después indultan y readmiten a las detenidas. Las readmiten en la fábrica porque el tabaco sigue llegando, hay que aprovecharlo y no se puede echar a perder.
En un momento del libro dicen: “No perdimos, lo que pasa es que aún no ganamos”. Desde el punto de vista de la Historia, con mayúsculas, aquello fue una victoria, porque las máquinas tardaron treinta años en implantarse de nuevo. Por tanto, aquello acabó siendo una victoria.
La cuestión que para mí era tan importante contar es qué precio se paga también por esas victorias. Muchas veces hablamos de una manera muy alegre de poner el cuerpo, pero poner el cuerpo es algo muy serio. En este caso, significa ponerse delante de algo en lo que realmente te estás jugando la vida.
— Estamos a unos días de una huelga general. A raíz de lo que cuentas en la novela, quería preguntarte por la fuerza que tiene, de repente, decidir, colectiva y organizadamente, dejar de trabajar.
— Hoy en día, desgraciadamente, no puedes simplemente romper un ordenador y hacer que el problema desaparezca, como decíamos antes. Pero sí creo que es necesario reconectar con la idea del grupo, de la colectividad, y con lo poderoso que puede ser decir que no. Todavía podemos decir que no a muchas cosas. Ahí está, por ejemplo, la huelga.
Quise escribir esta novela, del mismo modo que quise escribir Azucre, porque pienso que el tiempo no es una línea recta, sino una espiral que nos envuelve y nos trae los mismos dilemas una y otra vez. Creo que, como sociedad, necesitamos mantener este tipo de conversaciones. Si esta novela sirve para abrir ese diálogo desde el punto de vista literario y, después, nos ayuda a plantearnos cuestiones en nuestra vida cotidiana, me siento más que satisfecha.