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historia de un asentamiento

La Algameca Chica, un exótico viaje en el tiempo al poblado de futuro incierto

17/02/2020 - 

CARTAGENA. Les propongo un viaje en el tiempo. Acostumbrados como estamos aquéllos que nos gusta saborear el pasado de nuestras viejas y cuidadas calles de pueblos y ciudades de la geografía española, como Pedraza, Cáceres, Peñafiel, Albarracín o Toledo, hoy les ofrezco un paseo tan diferente en el fondo y la forma, como exótico y embaucador en su contenido y simpleza.

Olvídense de suelos adoquinados, casas empedradas, heraldos sobre las puertas, arcos imposibles y plazas seductoras para sumergirse en un pequeño enclave al pie del Monte Galeras, en la costa oeste de Cartagena y con nombre árabe: Algameca.

Este emplazamiento junto a la desembocadura de la Rambla de Benipila en Cartagena se ha convertido en aquella aldea Gala que resiste al paso de los conquistadores y reivindica su divertido y ocioso pasado, un presente lleno de vida y un brumoso futuro.

Poco más de 110 casas, dispuestas en un ‘orden caótico y multicolor’, como dice Leandro Sánchez, uno de sus más firmes defensores, muchas fabricadas de madera reciclada, materiales de derribo, ladrillo sin aislar o chapa oxidada. A simple vista, alguno podría pensar que se trata de un asentamiento ilegal, en el que viven personas sin recursos, aislados de la sociedad y acobijados en la primera techumbre que encontraron. Nada más lejos de la realidad: la Algameca Chica tiene eso, pero también goza de una salud a prueba de bombas, con viviendas adaptadas a la orografía de un terreno escarpado y perfectamente -no todas, eso sí- habitables. Sin agua corriente y sin luz pública, los habitantes han convertido este pequeño reducto en una armónica melodía al desarrollo sostenible. En todas las casas existe un depósito de agua y en sus tejados placas solares con las que producen la energía necesaria para iluminarse y refrigerar sus alimentos.

La Algameca Chica vive desde hace más de un siglo en el borde de la legalidad y sus habitantes -los que allí permanecen todo el año o los que pasan la época estival- andan acostumbrados a que todo el mundo quiera meterles mano para que el asentamiento desaparezca. Armada, Confederación Hidrográfica del Segura, ayuntamiento de Cartagena y Costas los han convertido en protagonistas sin quererlo. La amenaza de derribar y desalojar las construcciones ha sido constante y recurrente. Todos los organismos públicos reclaman una parte de este enclave y califican de ilegal la presencia de las viviendas, a pesar de que algunas de ellas lleven allí cerca de dos siglos y medio.

En el limbo jurídico

Dicen sus habitantes que están sometidos a un "limbo jurídico, civil, militar, municipal y estatal", como califica el historiador José Ibarra, autor del libro ‘Los inicios del poblamiento contemporáneo en el paraje de la Algameca Chica de Cartagena’. Y eso que ya en el padrón de 1889 se refleja una población de 35 familias entre la Algameca Grande, la Algameca Chica y las zonas aledañas. Pero ni con esas, el poblado continúa siendo una ‘patata caliente’ o como dice uno de sus habitantes, "un grano en el culo" de las administraciones.

No obstante, nadie es capaz de dar ese primer paso para hacer desaparecer este trozo de historia de Cartagena ¿quién querría pasar a la historia por esta decisión? Es por ello que algunos gobernantes han propuesto la creación de una figura jurídica de protección adecuada para el mantenimiento, la conservación y la puesta en valor del asentamiento. En esas están y, probablemente, seguirán los que nos dirigen varios decenios más mientras consensúan sus decisiones, si es que las toman.

Pedro, Carmen, Manolo, David o José Ángel, algunos de sus moradores, no lo verán, probablemente, por lo que solo piden tranquilidad. Algunos de ellos veteranos, como Pedro, que tiene su vivienda en el margen derecho, o como allí las conocen las ‘casas de los pobres’. Se la cedió su cuñado -aquí la palabra compraventa está prohibida, aunque algunas se cotizan hasta los 12.000 euros- y en ella habita, principalmente en verano, desde hace 40 años. Se desplaza desde su casa en Cartagena a la Algameca Chica cada día. Aprovecha esos momentos de paz, sol y belleza únicos lejos del ruido y la ciudad. "Aquí me encuentro muy a gusto" dice mientras se enorgullece en enseñarnos la casa. "No tiene lujos ni comodidades", dice, pero ¿quién las necesita cuando es capaz de sacarle el máximo partido a lo que posee?

Un poco más abajo nos encontramos a Manolo y David, asomados en los arcos de otra casa. La armonía, aseguran, es una de las claves de este asentamiento. "Nadie se mete con nadie, vivimos en paz y además organizamos nuestras fiestas en verano", que, por cierto, están documentadas desde comienzos del siglo pasado, todas en honor a Santiago Apóstol (25 de julio) y la Virgen de la Asunción (15 de agosto).

Nada más atravesar al margen izquierdo vemos a Carmen, que termina de instalar en su casa las placas solares. Cinco años lleva acudiendo cada verano y dice que desde que llegó "me enamoré de este rincón de Cartagena" y decidió ‘buscarse’ un lugar donde pasar los meses de junio a septiembre. "Aquí vivo como cuando éramos jóvenes y todo el mundo andaba por la calle. Los niños corretean en lo que es una imagen poco habitual en Cartagena, se bañan y andan de un lado a otro sin peligro alguno y los mayores vivimos felices porque tratamos de ser una pequeña familia", señala mientras anda muy atenta a lo que le dice José Ángel, el tesorero de la asociación de vecinos y uno de los que más batallan para reivindicar el lugar donde ha acabado viviendo tras muchos años trabajando fuera de la Región.

 Nos invita a pasar a su casa y mientras nos tomamos una cocacola asegura que la situación jurídica de las viviendas es un auténtico galimatías a la vez que una absoluta contradicción entre las diferentes administraciones capaces de decidir algo sobre este asunto. Reconoce que haber visto denuncias o expedientes sancionadores en el Ayuntamiento "que ocupan más de un metro y medio de alto", pero se van pasando la responsabilidad unos a otros en un eterno laberinto burocrático sin fin. Insiste otra vez José Angel, mientras, a pie de muelle con varias embarcaciones atracadas, un brillo especial en el ambiente, algunos guiris atraídos por lo exótico del lugar y una conjugación perfecta entre armonía y paz, que "lo único a lo que aspiramos es a que nos dejen en paz".

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